PÁNICO EN EL CLUB DE BAÑO RAMBLA CATALUNYA

Afectados. Uno de los bañistas de Rosario es atendido de las heridas causadas por las palometas. (AP / SILVINA SALINAS)
 

‘Piraña’ en versión argentina

Un cardumen de palometas, voraces peces de la misma familia, causa heridas a 70 bañistas en un balneario fluvial de la ciudad de Rosario. Son comunes en el Paraná, pero rara vez atacan

ABEL GILBERT
BUENOS AIRES
 
La saga cinematográfica Piraña se ha desarrollado, en sus tres entregas, en una instalación militar de EEUU, una isla caribeña y un lago de Arizona. El río Paraná, y más concretamente el balneario Rambla Catalunya, en la ciudad argentina de Rosario, provincia de Santa Fe, podría ofrecer un escenario para la continuidad de la serie. Lo que allí ocurrió no fue fruto de la imaginación: un cardumen de palometas, una especie de la familia de los peces piraña, atacó a los bañistas. Setenta personas, entre ellas siete menores, resultaron heridas. Una niña de siete años perdió parte de su falange del dedo meñique.
Nadie imaginaba una Navidad semejante a la vera del Paraná. Rosario, la cuna de Leo Messi, así como buena parte de Argentina, se rendía ante el peso del calor más flagelante de los últimos 43 años. Con temperaturas que arañaban los 40 grados, muchos rosarinos no dudaron: el río les ofrecería la clemencia que el asfalto o las mismas casas les escatimaban. Rambla Catalunya es un balneario tan concurrido como apacible. Pero entre chapuceos y otros juegos acuáticos ocurrió lo inesperado.

El apodo lo dice todo

Las palometas, que no deben confundirse con el pez del mismo nombre que puebla el Mediterráneo, son carnívoras y de agua dulce. La principal especie del Paraná, Serrasalmus marginatus, es conocida también como palometa brava. El apodo lo dice todo: los dientes son muy afilados y tienen una agresividad que aumenta cuando se mueven en cardumen. Nadie lo vio. De repente, comenzaron los gritos desesperados. Los salvavidas no dieron crédito a lo que veían. Del agua surgían borbotones rojos. «Corran, salgan ya», imploraron. Fue una estampida humana la que llegó a la orilla, mientras los predadores se alejaban. Los heridos fueron llevados de inmediato a un centro hospitalario. Con la misma velocidad se propagó el rumor: el río estaba infestado de peces impíos con los hombres.
Con el correr de las horas, el miedo dio paso al sentido común. Lo que había sucedido había sido excepcional. De acuerdo con los especialistas, el intenso calor, que incentiva la actividad biológica de las especies, y el descenso del caudal del Paraná (está más de un metro por debajo del nivel habitual), propiciaron el desplazamiento inédito de las palometas. «Se ve que estaban con hambre», dijo el director del Sistema Integrado de Emergencias de Rosario, Federico Cornier. Cuando llegaron a Rambla Catalunya se estaban bañando unas 9.000 personas. «Como todo predador, este pez se ve atraído por la sangre», dijo el médico veterinario Juan Enrique Romero, todavía sorprendido por cierta imprevisión. «Normalmente el lugareño sabe en qué bancos hay palometas y tiene claro que allí no hay que meterse». Romero no descartó que la pesca indiscriminada haya alterado la cadena alimentaria, lo que hizo que la palometa, predadora natural de otros peces, se multiplicara y saliera a comer «lo que encontrara».
En vísperas de Año Nuevo, no faltan los rosarinos que ahora van a esquivar Rambla Catalunya. El subsecretario de Recursos Naturales de Santa Fe, Ricardo Biasatti, llamó a la calma. El funcionario descartó la posibilidad de que se repitiera un ataque similar. «Ha sido un hecho aislado e insignificante para un río de las dimensiones del Paraná», dijo. Recordó en ese sentido que tanto Rosario como toda la provincia tienen 800 kilómetros de costas y las noticias sobre accidentes son esporádicas. Lo mismo aseguró el presidente de la Asociación de Pescadores El Espinillo, Julián Aguilar. «El cardumen puede haber sentido el movimiento de la gente en el agua, y por eso atacó, pero no es algo normal». Las palometas se han alejado de la costa en busca de otros peces. Queda el bochorno de un verano atípico y cierto escalofrío.

El depredador. Un ejemplar de ‘Serrasalmus aureus’. (EL PERIÓDICO)