A PIE DE CALLE

Dos equipos de Barcelona y Valencia juegan a voleibol, el sábado, en el barrio de El Besòs i el Maresme. (JORDI COTRINA)
 

Voleibol paquistaní junto al Besòs

CATALINA
GAYÀ
 
En apariencia es, solo, un partido de voleibol en una cancha del barrio de El Besòs i el Maresme, parecido al partido de fútbol que unos chicos juegan justo detrás. Solo que a los chicos del fútbol no los observa nadie y los jugadores de voleibol tienen a 200 hombres que les aplauden. La cancha es de tierra, rodeada por edificios altos, marrones. Sábado, colada en los balcones. En algunos, hay vecinos que siguen el juego, pero la mayoría están desiertos.
En la tierra, se enfrentan Barcelona y Valencia; nueve jugadores para cada equipo. Hay dos jóvenes, no acabo de aclarar por qué, que han venido de Francia y de Italia para reforzar el juego, y el hombre al megáfono que narra el partido –el sistema de micro no ha funcionado– ha viajado desde Italia. Todos, audiencia, jugadores, hombre del megáfono y los de traje y corbata, son paquistanís.
Organiza el torneo la Asociación Paquistaní de Catalunya. Abdul Razzaq recibe a los principales dirigentes de las asociaciones culturales y deportivas –críquet y kabaddi (deporte oficial en los Juegos Asiáticos)–, de las mezquitas, hasta hay un miembro del consulado y, al final, aparece un parlamentario paquistaní, que está de vacaciones en Barcelona. Hay, de hecho, dos partidos. El que se juega en la cancha y el que juega la audiencia. Un cámara de Geo News, una cadena de televisión paquistaní, se mueve entre el público recogiendo declaraciones de los políticos y de los representantes de la vida cultural y deportiva paquistaní en Catalunya.
Después de casi tres horas de juego duro gana Barcelona. Fotos, parlamentos en urdu, más fotos y, por fin, el capitán de Barcelona se sienta conmigo. Es joven, 25 años, llegó a los 16 a Barcelona. Sí, su padre vino antes. La mayoría de los jóvenes que han seguido el partido tienen la misma historia migratoria. Bilal , dice, «es respetado por ser jugador». Eso le parece importante.
Me explica que es un jugador internacional y que aprendió a jugar en Pakistán, en Gujrat, en un pueblecillo de 400 habitantes. «En mi país este es un deporte de las zonas rurales». ¿Te dedicas profesionalmente al voleibol? «No». Suspira. «Soy taxista, trabajo de noche».
Le pregunto si fue duro instalarse, a los 16 años, en otro mundo. Con la mirada, busca el cielo y pasa por los edificios porque, antes de llegar al cielo, hay que pasar por los balcones y por las parabólicas. «Tengo a toda mi familia aquí. Hace siete años que no voy a Pakistán», dice. ¿Hay mucha tradición deportiva entre la comunidad paquistaní en Barcelona? «Sí, es una forma de que los jóvenes estén ocupados, que no se pierdan». Lo mismo ha dicho Abdul. ¿Y las mujeres?: «Quizá en el futuro».
Durante una hora y media, he preguntado a los jóvenes, ellos son bilingües, qué papel juega el deporte en la comunidad. Me han invitado a ver un partido de kabaddi, en el parque de Joan Miró, y a asistir a un torneo de críquet, en Montjuïc. «Formas parte de la comunidad», ha dicho un chico. «Trabajas todo el día y así sales», ha apuntado otro. Su hermano pequeño, de unos 19 años, estudia un ciclo de mecánica. Él estudió, pero lo dejó: trabaja.
Me preguntan si hablo urdu. No. Si algún día, el urdu será una asignatura optativa en la escuela catalana como lo es, por ejemplo, en el Reino Unido. Les digo no lo sé, pero que en la universidad ya hay estudiantes paquistanís. Se alegran.
Sentados hay dos niños de unos 12 años. Cada vez que he pasado cerca hablaban castellano.