DOMINICAL APRESTO
Interventores en ruta
El debate sobre los Presupuestos del Estado para el 2012 se ha convertido en un foro de reproches sobre quién gasta más con la mirada puesta en la UE
Las finanzas públicas pierden credibilidad con los datos del primer trimestre

JOSEP-MARIA
URETA
«Por un día, el buen humor se impuso», escribía Ernest Alós en este diario, el martes. No era una crónica política ni financiera. Se trataba de ofrecer el primer balance fiable de ventas de libros del día anterior, Sant Jordi. Sumadas las ediciones en catalán y castellano, ganó el abuelo centenario y entrometido Allan Karlsson ( El abuelo que saltó por la ventana y se largó , Salamandra), al que el escritor sueco Jonas Jonasson utiliza como vehículo de transmisión de optimismo vital. La exitosa novela, con registros de cinismo, hilaridad y semenfotisme , sirve también para una revisión de las ideologías del siglo XX, con desigual atino. Nuestra particular ración local empieza cuando el abuelo dinamitero, en su años mozos decide abandonar su país: «España estaba en el extranjero, como todos los demás países, salvo Suecia». Y allá que aparece en plena guerra civil española, «sin entender los bandos», pero salvando de una explosión a un «hombrecito con medallas» ( Franco ).
De ser esta semana, y para situaciones incomprensibles, Karlsson podría haber elegido no ir tan lejos y acercarse a Islandia, donde el tribunal disipó cualquier esperanza de indignados y absolvió al exprimer ministro, Geir H. Haarde , de la acusación de negligencia durante la crisis financiera de 2006-2009, menos de uno de los cargos, que bien haríamos en tomar nota: no percibir la crisis y no convocar las reuniones oportunas para atajarla. Pero como al yayo de peluche rosa le van las emociones, mejor regresar a Madrid y contemplar con qué prestancia el país está dispuesto a la amenaza de unos a otros con ser intervenidos, no en término quirúrgico sino financiero.
Es anómalo debatir las cuentas del año que, para el común de los ciudadanos –que no de la Hacienda pública– ya solo serán vigentes tras el verano, aunque no es lo peor. Lo curioso es que esta misma semana hayan aparecido dos cifras que no invitan al humor que reinó el día del santo patrón. De un lado, se confirma que España está en recesión, con datos actualizados del PIB en marzo. De otro, las liquidaciones de la caja pública en lo que va de año ya alcanzan, en negativo, lo que no debería haberse producido hasta el verano. Hay menos ingresos y más gastos de los previstos. Mejor dicho: está sucediendo lo que anticiparon no pocos académicos de cuáles son las consecuencias de una política de austeridad sin estímulo paralelo.
No se encuentra entre ellos el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, para quien lo peor está por ocurrir y España puede ser intervenida de un momento a otro. Y mientras ello sucede, como para anticiparse a lo inevitable, la amenaza es intervenir las comunidades autónomas indolentes con las tijeras. Que sea una decisión apolítica no cuela ni en la fábula de Jonasson. Intervenir, en estas condiciones, parece que sea aplicar el reglamento de interventores en ruta de la Renfe, cuyas atribuciones
–obligaciones al margen– parecen las de un capitán de barco. Pero hagan cálculos: ¿Quién pagaría las facturas de la intervenida, si son, en su mayoría, de servicios sociales que no se dejarán de prestar?
Por lo demás, no es esa, por más que insista el ministro, la exigencia europea actual. Lo que realmente preocupa es la lentitud y opacidad con que avanza la reforma financiera española, por los intereses que sean. Esa sí puede costar una intervención, concretamente a partir de julio, cuando entre en disponibilidad la nueva partida del Fondo Europeo de Estabilización Financiera, una vez que se ha cumplido con el requisito de aceptar, por ley, el equilibrio presupuestario sin déficit. Será entonces cuando a más de uno le entrará la tentación de largarse por la ventana. A Suecia, que está en el extranjero, y no tiene euro.

El ministro de Hacienda, Cristobal Montoro, durante el debate de los Presupuestos de 2012, el jueves. (JUAN MANUEL PRATS)

Una lectora hojea el libro de Jonas Jonasson. (JOAN PUIG)