Marine Le Pen, en un acto de campaña en una granja de Merdrignac. (AFP / FRED TANNEAU)
 

La cólera francesa

La ultraderecha se extiende por las zonas rurales y la periferia urbana de Francia

Los votantes de Le Pen recelan del extranjero y se ven olvidados por la capital

ELIANNE
ROS
 
Rodeada de bosque y de campos en flor, Villiers-Cotterêts es una ciudad apacible del norte de Francia, con su patrimonio histórico –el castillo del rey François I– y su figura insigne. Aquí nació Alejandro Dumas. Y aquí yació enterrado hasta que, en el 2002, el presidente Jacques Chirac ordenó trasladar al célebre autor de El Conde de Montecristo y Los tres mosqueteros al Panteón de París, donde descansan las grandes personalidades del país. «Si no se hizo antes se debe al racismo que prevalecía en la sociedad», dijo Chirac, aludiendo al origen mestizo del escritor.
Ese año el jefe del Estado fue reelegido frente al xenófobo Jean Marie Le Pen, que se coló en la segunda vuelta contra pronóstico. Hace una semana, su hija Marine superó ese récord con 6,4 millones de votos gracias a electores como los de Villiers-Cotterêts, donde la ultraderecha llegó en segundo puesto (26,35%) en la primera vuelta de los comicios presidenciales.
«No he votado al Frente Nacional para protestar, sino porque estoy de acuerdo con su programa. Sobre todo con un punto: dice muy claramente que retirará las ayudas a los inmigrantes», argumenta sin ningún tipo de complejo Pascal, 26 años, que trabaja de pintor en el sector de la construcción.
Pascal forma parte del 23% de los jóvenes de entre 25 y 34 años –solo un punto por detrás del candidato socialista François Hollande en esta misma franja de edad– que han apoyado a Marine Le Pen. Y también de esa Francia profunda que se siente abandonada por la República.

EN VOZ BAJA / Según un estudio, mientras se estanca en los grandes centros urbanos, el electorado de la ultraderecha avanza en las zonas periféricas y rurales. A un centenar de kilómetros de París, en la castigada región de Picardie, Villiers-Cotterêts está al margen del país conectado por el tren de alta velocidad (TGV). El tren de la globalización ha pasado de largo. Sus poco más de 10.000 habitantes trabajan en el campo, la industria maderera y la cercana fábrica de coches Volkswagen. «No me extraña el resultado del Frente Nacional. Las viviendas sociales han cambiado la población», sostiene Dominique, comerciante de unos 50 años. «Tampoco hay tantos extranjeros, pero como es una ciudad pequeña son más visibles», reconoce.
Es jueves, día de mercado, pero la clientela escasea. Entre chaparrón y chaparrón, corre un viento helado muy poco primaveral. Esta es una campaña inhóspita desde muchos puntos de vista, incluido el meteorológico.
Ciudadanos de origen inmigrante y franceses de pura cepa deambulan entre los puestos –muchos regentados por norteafricanos– en aparente armonía, aunque sin mezclarse entre sí. Los parroquianos se refugian en el bar La Française, donde el ascenso de la ultraderecha es comentado en voz baja.
«En los últimos 10 años esto ha cambiado», dicen dos jubilados, que deploran el cierre de la cooperativa agrícola. Tampoco les gusta la transformación de la charcutería en carnicería halal, de algunos restaurantes en locales de comida rápida kebab y de la antigua casa del maestro de escuela en mezquita. «Esta gente viene aquí pero sigue viviendo como en su país. Y si les dices algo, te tratan de racista», subrayan.

ALCALDE «ATERRADO» / A unos pocos metros, en el coqueto centro peatonal de la ciudad, está el ayuntamiento. El alcalde socialista, Jean-Claude Pruski, asiste «aterrado» a la evolución electoral, aunque no sorprendido. «Es un grito de desesperanza en una tierra pobre», opina este hijo de inmigrantes polacos, que atribuye ese voto a la precariedad en una zona venida a menos. Aquí los precios no tienen nada que ver con la exorbitante París. En el café Alexandre Dumas, el menú –huevos con mayonesa y un buen entrecot– cuesta 13 euros. Una bonita casa renovada de 200 metros cuadrados con 4.000 de terreno se vende a 300.000 euros.
«Esta es una ciudad tranquila, no hay violencia ni inseguridad, pero la gente tiene miedo al futuro, no queremos que pase lo mismo que en la banlieue », resume Dominique. «Le Pen defiende los intereses de los comerciantes, de los que no quieren sentirse extranjeros en su tierra», concluye.
El alcalde no cree que la población sea racista y confía en que buena parte de los votos de la ultraderecha vayan a parar a Hollande. No le cabe duda de que «el rechazo a Sarkozy es muy fuerte». En eso es en lo único que está de acuerdo con el concejal del FN, Frank Briffaut.
«Estamos en fase de asistir a la destrucción de la derecha clásica y a la recomposición del paisaje político», opina este militante ultraderechista desde 1977, que ya se ve en la segunda vuelta de las legislativas del próximo mes de junio.
Está convencido de que, al salir a la caza del electorado de Marine Le Pen, Sarkozy ha «dado credibilidad» al FN. Pero al mismo tiempo está dispuesto a votar a Hollande para poder ocupar el espacio del partido del presidente, la Unión por un Movimiento Popular (UMP).

ALCALDE MUSULMÁN / «Mi hermano gana 1.200 euros trabajando en un supermercado. ¿No es mucho verdad? Pues tuvo que esperar más de tres años para que le dieran una vivienda social mientras que extranjeros recién llegados sí tenían derecho», comenta Pascal, harto de un sistema de ayudas que considera que permite demasiados abusos.
«En mi barrio hay un árabe que vive de las subvenciones. Durante siete años nadie le ha visto trabajar, pero no para de tener hijos y circula en un Mercedes último grito que yo no me puedo permitir», se escandaliza.
Lo tiene claro. El domingo que viene su voto será para Sarkozy, que a diferencia del candidato socialista rechaza que los inmigrantes puedan votar en las municipales. «Si gana Hollande –finaliza Pascal– aún tendremos en el futuro un alcalde musulmán».

Bar en el centro de la localidad de Villiers-Cotterêts. (ELIANNE ROS)