EL LATIDO DEL 15-M

Concentración en la Puerta del Sol, el 20 de mayo del 2011. (DAVID CASTRO)
Un año después
Los indignados cumplen su primer aniversario divididos entre la satisfacción por haber agitado las conciencias e inaugurado el activismo del siglo XXI y las dudas que presentan sus asambleas para influir en la agenda política. Han parado desahucios, pero todavía no han cambiado el rumbo de la historia. El próximo sábado vuelven a las calles.
Mani contra la visita del Banco Central Europeo; cacerolada por los recortes de Sanitat; concentración para evitar un desahucio en Meridiana. Un vistazo rápido al calendario de citas para esta semana de la web de Acampadabarcelona podría hacer pensar que estamos ante uno más de los múltiples colectivos de activismo que desde hace décadas operan en Barcelona. Sin embargo, el contador de visitas a la página -más de un millón- y la abundancia de alusiones al 15-M que la pueblan recuerdan que no estamos frente a un grupo contestatario más, sino ante la secuela de la mayor movilización popular desencadenada en España desde la transición, lo que incorpora a la mirada las luces que se desprenden de aquel hecho histórico, pero también las sombras que su evolución ha sembrado.
A un año vista de la toma de las plazas y el asalto de los informativos de medio mundo, el 15-M se mueve hoy en la fina línea que separa el haber sido pioneros en la puesta en práctica de una nueva forma de protesta ciudadana, llamada a marcar la pauta de las movilizaciones sociales en este siglo XXI por su astuto uso de las nuevas tecnologías de comunicación, y la sensación de frustración que se deriva de haber concentrado más expectativas de influencia en la agenda pública de las que realmente han podido cumplir.
Renovar el grito
Entre el antes y el después histórico que deducen algunos, que no dudan en compararlo con el mayo del 68 francés, y el aquelarre de perroflautas que ven otros, el 15-M afronta su primer aniversario con ganas de reivindicarse como visible altavoz de la oposición ciudadana contra el desmantelamiento de la sociedad del bienestar que está dejando por herencia la crisis, pero sin poder disimular las dudas sobre su capacidad para volver a concentrar el interés popular y mediático que atrajeron hace un año.
Para el próximo sábado hay convocadas manifestaciones en multitud de ciudades que pretenden renovar el grito y los lemas en los emblemáticos lugares, pero, significativamente, el principal colectivo que instigó aquella marea, Democracia Real Ya, llega a esta cita dividido entre quienes defienden continuar con las herramientas usadas hasta la fecha -fieles al asamblearismo y opuestos a cualquier modelo de representación oficial-, y los que creen que esa etapa ya está superada y es hora de buscar nuevas fórmulas de organización que les permitan promover con más eficacia las soluciones que reclaman. Nada que no haya ocurrido históricamente en infinidad de movilizaciones populares.
Lo cierto es que si en mayo del 2011 tenían motivos para declararse indignados los que así lo hicieron, un año después sus razones han crecido. ¿Significa esto que hay argumentos para que vuelva a desatarse una tormenta social tan perfecta como la del año pasado? Difícil. Restado el factor imprevisible que tiene toda movilización popular, en el estallido del 15-M hubo factores que, vistas con la perspectiva del año transcurrido, explican su éxito.
La sensación de hartura
El caldo de cultivo lo ponía la sensación de hartura que barruntaba una juventud que asistía perpleja a las lúgubres perspectivas de futuro que se les ofrecían, mientras convertía en best seller el panfleto ¡Indignaos!, obra del nonagenario francoalemán Stéphane Hessel, que incitaba a los jóvenes a protestar contra ese negro horizonte. En medio de ese panorama, un colectivo formado por 200 jóvenes lanzó una convocatoria para salir a la calle a manifestarse. Similar a la de Democracia Real Ya (DRY), durante esos meses se promovieron infinidad de movilizaciones, pero esta tuvo el acierto de aprovechar ágilmente el poder difusor de las redes sociales y a la vuelta de una semana había 60 ciudades apuntadas a la cita.
La elección de la fecha, en plena campaña de las elecciones municipales, fue el gran acierto. Y el gran golpe de suerte fue la decisión de la policía de evacuarlos a la fuerza de la Puerta del Sol de Madrid en la madrugada del día 17, lo que provocó un efecto llamada. Al día siguiente, el país entero se llenaba de plazas ocupadas.
De la noche a la mañana, la spanish revolution se presenta como una forma de protesta innovadora y fresca, sin siglas, colores ni filiaciones políticas, solo con una insultante juventud y un creativo despliegue de imaginación para exponer en lemas y carteles la indignación ciudadana. «No aportamos más ideología que ser los de abajo protestando contra los de arriba. Hoy los parias no son campesinos, sino teleoperadores que trabajan 10 horas al día por 600 euros. La hoz y el martillo es ahora un smartphone», explica Pablo Gallego, portavoz de DRY y licenciado en Investigación y Técnicas de Mercado.
La estrategia de las acampadas, que jamás había sido planeada por los instigadores de la convocatoria, tuvo su clímax la víspera de las elecciones, aunque en Barcelona la noticia saltó en la mañana del 27 de mayo, cuando el intento de los Mossos de evacuar a los acampados de plaza de Catalunya se saldó con un centenar de heridos y el reforzamiento popular del campamento. «Le debo al señor Felip Puig, conseller de Interior, haberme convertido en un activista aún más concienciado», dice Guillermo Rojo, de 41 años y padre de dos niñas, hoy colaborador de la Assemblea de l'Esquerra de l'Eixample de Barcelona. Su imagen siendo arrastrado de la nariz por un agente fue portada al día siguiente en todos los rotativos.
Ni las escenas de violencia que se vivieron aquella mañana, ni el hostil recibimiento que miles de manifestantes brindaron a los diputados autonómicos el 15 de junio en la puerta del Parlament, afectó a la simpatía que aquel movimiento levantó entre la población, como reveló el CIS: según su sondeo de julio, el 70% de los españoles apoyaba a los indignados.
Desde el levantamiento de los campamentos, el 15-M solo se ha hecho notar de manera masiva en las manifestaciones que convocaron en julio y octubre, aunque en su haber hay que sumar la propagación que tuvieron en otros países, principalmente en Estados Unidos, donde el movimiento Occupy Wall Street dio una dimensión global al clamor de
los indignados. Entre tanto, la tarea del colectivo durante estos meses se ha centrado en hacer llegar el mensaje a los barrios y pueblos, y con este fin se creó una red de asambleas locales que con desigual éxito ha seguido funcionando por todo el país.
Si lo que pretendía ese plan era sumar adeptos, el objetivo no lo ha logrado, pues las reuniones de los barrios han sido cada vez más escasas de público, y finalmente solo para iniciados en el activismo social. Pablo Gómez, miembro de las asambleas de Malasaña y Sol de Madrid, cree que esto no tiene por qué ser visto como una señal de fracaso. «Aunque allí hablamos de lo que le interesa al 99% de la población, entendemos que no todo el mundo puede andar de asambleas. A veces, un grupo más pequeño, pero más ejecutivo, funciona mejor», sostiene este biólogo de 33 años.
Hace un año, Pablo estaba a punto de hacer las maletas para irse a vivir a un pueblo, alejado de las inciertas expectativas que le ofrecía la vida urbana. El 15-M le hizo parar aquella decisión, que aún hoy no la descarta. Le detiene el contrato laboral provisional que tiene en el Centro Nacional de Astrobiología y las dudas por saber en qué queda este movimiento al que con tanta ilusión se sumó.
Desahucios frenados
No todos ven con tan buenos ojos la estrategia seguida durante estos meses. «Las asambleas son ideales como ágoras ciudadanas, pero ineficaces para tomar decisiones. Esto ha hecho inoperante al movimiento. Al capitalismo, en contra de lo que piensan algunos, no se le vence con el asamblearismo», opina Pablo Gallego. Donde sí ha tenido indudable éxito el 15-M, tanto en visibilidad mediática como en beneficios reales para la población, ha sido en su labor de infantería de choque contra los desahucios, que han logrado detener en más de 200 ocasiones.
Es imposible asignar la paternidad de una acción a un movimiento que se distingue por no tener un rostro visible, pero no es difícil reconocer el espíritu del 15-M en la multitud de acciones de carácter insumiso que han agitado últimamente el país, ya fuera para rechazar los recortes sociales del Govern, denunciar el estado de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE), rechazar la Jornada Mundial de la Juventud y la visita del Papa, o boicotear las subidas de precio del metro de Madrid.
«A ojos de mucha gente nos hemos convertido en superhéroes de barrio. Nos llaman para todo», confiesa Pablo Gómez. «Nadie podrá negar al 15-M que ha elevado el nivel de sensibilización social de la población», añade Klaudia Álvarez, miembro de Democracia Real Ya de Barcelona y profesora de instituto con nula experiencia de activismo social hasta que en mayo del año pasado decidió unirse a este movimiento.
Sin que sea posible asignarle logros políticos reales –al contrario: las dos elecciones nacionales realizadas en este tiempo han supuesto sendas victorias del partido que más desconfía de los indignados–, el 15-M ha conseguido poner sobre la mesa demandas populares nunca hasta ahora verbalizadas públicamente, como la exigencia de mayor transparencia por parte de los gobernantes y la petición de un sistema electoral más democrático. Probablemente, las reformas incorporadas al reglamento hipotecario para paliar en alguna medida los desahucios y el proyecto de ley de transparencia (prometida por el PSOE, pero activada por el Gobierno del PP) no serían hoy dos realidades de no haber mediado el clamor de los indignados.
¿Y esto es mucho o poco para un movimiento que hace un año a estas horas no existía? «El 15-M fue el primer zapatazo contra la hegemonía de la economía sobre la política, pero su impacto real ha sido pequeño. Salvo buenas palabras, sus objetivos no se han cumplido, y hoy la población está más por encontrar soluciones pragmáticas para salir de la crisis que por plantear utopías», sostiene el politólogo Fernando Vallespín, quien sí reconoce a este movimiento el mérito de haber sacado a la luz una nueva forma de actuar en política. «Después de esto, ya nadie se toma a broma a las redes sociales», avisa.
El sociólogo José Félix Tezanos compara esta movilización con el nacimiento de los movimientos obreros. «Hemos asistido a la fase de la indignación, la etapa del no. También aquellos operarios empezaron rompiendo las máquinas y oponiéndose al sistema. Igual que ellos, el 15-M acabará en un proyecto político, quizá algo parecido a los partidos piratas europeos», pronostica este experto, aunque reconoce que el movimiento pasará por «etapas Guadiana, en las que parece que desaparece, pero luego vuelve con más fuerza».
A fecha de hoy, los planes de los indignados distan mucho de convertirse en actores políticos. «El 15-M ha lanzado unos mensajes que han calado en la población, ha dado un meneo a las conciencias. Solo por eso, ya ha merecido la pena», entiende Guillermo Rojo. Ninguno de los activistas que hoy siguen implicados en las asambleas quiere oír hablar de plazos ni metas. Tampoco sienten que el próximo sábado se examinen. «¿Resultados? Vamos despacio, porque vamos lejos», responde Klaudia Álvarez.