DOMINICAL APRESTO
Justos por pescadores
El saneamiento de la banca española no avanza al ritmo que desean los prestamistas mundiales públicos y privados. Vienen dos meses decisivos.
La reunión del BCE ha servido para recordar que España tiene deberes pendientes

JOSEP-MARIA
URETA
Como en las bodas reales, el grueso de invitados a la cena en honor de los directivos del Banco Central Europeo (BCE) en el palacio de Pedralbes, se trasladó en autocar. Y, como manda la tradición, en el recuento para el regreso al hotel Arts se constataron ausencias, lo que demoró la salida del cortejo. La policía, ajena al retraso, ya había cortado la Diagonal, sin contemplaciones, con lo que acabó provocando un buen atasco y la ira de los conductores, que casi se convierten en manifestantes. Los justos como víctimas y los pecadores ausentes.
La escena daba para analogías. Una: Si el Banco Central Europeo hubiera sacado toda su capacidad disuasiva como la(s) policía(s) en Barcelona, quizá los especuladores se lo habrían pensado mejor. Dos: acabada la reunión, persiste la sensación del efecto nevada (tomar decisiones para que no pase como la vez anterior ): ha sido más noticia la seguridad que la reunión y sus amenazas virtuales.
Más dudoso es que se haya cumplido otro objetivo: la reunión forma parte del protocolo de acercar las instituciones europeas a la población. La valoración, a cuenta de cada uno. Por contra, lo ampliamente cumplido fue que la reunión era una más del consejo del BCE, que no iba a tocar los tipos de interés (siguen en el 1%, por debajo de la inflación armonizada, el 2,6%) y que tampoco se iba a hacer un examen severo a España. En la intrahistoria, dos hechos para iniciados: el gobernador Fernández Ordóñez –el que hace un año propuso Barcelona para la reunión de esta semana– se despide el mes que viene sin grandes loores, y que el actual consejero del BCE, José Manuel González Páramo , que también deja el cargo en Fráncfort tampoco es seguro que releve a Ordóñez . España pierde la privilegiada plaza en el directorio del BCE, otro mal síntoma, y Páramo es víctima del reproche –síntoma antieuropeísta– de servir a un cargo europeo sin favorecer a su país de origen. De eso también sabe Joaquín Almunia.
El núcleo del mensaje del presidente del BCE, Mario Draghi, dirigido a España respondió a la tradición de la casa: la sutileza, cuya interpretación es libre. Dijo que España «va bien, no mal»; y que hay deberes pendientes «que no va a solucionar el BCE». A poco que se desbroce, es un aviso en toda regla.
La razón se podía leer esta misma semana en un gráfico del Banco de España, la balanza financiera española. La salida de capitales iniciada en julio es muy-muy superior a las entradas. En ocho meses, el saldo negativo es de 127.000 millones. En febrero –¿procede recordar la invitación de Montoro al capital, ese mes, a no salir de España?– la inversión extranjera se llevó 13.500 millones, y la española, 11.300. A sumar que la inversión extranjera en deuda pública sigue reduciéndose (del 50% del total en el 2011 al 37% actual).
La urgencia es palpable. Los prestamistas internacionales, imprescindibles, califican a la banca española –sin distinguir justos y pecadores, otro vicio– como no creíble en sus balances, lastrados de cemento. De ahí la propuesta de crear un banco malo (menudo nombre para confiar los ahorros) donde concentrar las inversiones mal hechas (edificios acabados, iniciados y solares) que obligan a retener mucho capital en el balance, que podría prestarse para reactivar la economía. Se llame como se llame, ese banco necesitará capital. Que sea público español, dice el Gobierno que no. Por lo tanto, será público europeo. Es lo que se avecina (Fondo de Estabilidad), una especie de intervención parcial del sistema financiero español. Y reaparecerán los justos, la banca que no ha sido temeraria, temiendo que se salve a pecadores. O no: también están los pescadores, los fondos de inversión especulativos siempre dispuestos a pujar por un banco, que si es malo es más negocio. Son los listos del atasco.

(ALBERT BERTRAN)