EL CÓNCLAVE DE LOS POPULARES CATALANES

Sánchez-Camacho saluda a los asistentes al congreso del PPC en Barcelona, ayer. (JOAN PUIG)
Camacho renueva el PPC y se centra en ganar terreno al PSC
La presidenta popular marca distancias con CiU y dice ser «la verdadera oposición»
Mato y Moragas hacen una encendida defensa de los ajustes: «Reformar o morir»
Alicia Sánchez-Camacho recordaba ayer que en el congreso del PPC de hace cuatro años, en el que mantuvo una tensa competencia con Montserrat Nebrera por el liderazgo del partido, pasó «mucho calor», por lo que en esta ocasión había dado la orden de que en el 13º cónclave el aire acondicionado funcionara a toda potencia. Y así se hizo.
Buena anécdota es esta para tomarla como metáfora de la situación actual de los populares catalanes. La presidenta conservadora, reelegida con el 92,07% de los votos, goza de un control absoluto de sus filas, a las que ha puesto el reto de convertirse en la segunda fuerza política en Catalunya a costa de arrebatarle a CiU a sus votantes menos soberanistas y de asediar al PSC. Para ello, Camacho renovó ayer su cúpula directiva con un mensaje diáfano: el PPC debe ocupar la «centralidad que ha abandonado Convergència» y aprovechar el «fracaso del los socialistas en el área metropolitana».
SIN MIEDO DE LOS RECORTES / Quizá su sonrisa era la más forzada, pero hasta el expresidente del PPC Daniel Sirera, que desde hoy ya no es ni vocal, puso buena cara para no desentonar en el ambiente relajado del Palau de Congressos de Catalunya. Los populares se jactan de tener más poder que nunca y están convencidos de que ni los tijeretazos del Gobierno central ni su apoyo en el Parlament a los recortes de la Generalitat les pasarán factura. Sin renunciar ni mucho menos a su «españolidad» y con un discurso netamente «antinacionalista», dicen haberse «refundado» para quitarse de encima el estigma anticatalán. La defensa de un «autonomismo diferencial» y de la «fiscalidad singular» son las muestras que exhiben de su nueva etapa.
Es esa la estrategia para atraer a los electores de CiU, de la que Camacho quiso distanciarse con varias advertencias. Por ejemplo: «El PPC es la verdadera oposición en Catalunya. La única firme y rigurosa ante los errores de la Generalitat y ante la deriva de la transición nacional a las que nos quiere llevar el presidente». Y a Artur Mas le dejó claro que no aceptará la «insumisión» de una hacienda propia de Catalunya independiente de la española.
El de la federación nacionalista, a la que Camacho acusó de cometer «los mismos errores que el tripartito», es un flanco a atacar. El otro son los socialistas. Y la munición para dar guerra se la ha entregado Camacho a un equipo renovado. Enric Millo y la vicepresidenta tercera del Congreso de los Diputados, Dolors Montserrat, ocuparán las dos vicesecretarías más relevantes. El alcalde de Castelldefels, Manuel Reyes, también se sitúa en un puesto de peso; el de Badalona, Xavier García-Albiol, que solo era vocal, llevará el área de inmigración, y todos los concejales de esa localidad, de Barcelona y de L’Hospitalet de Llobregat pasan a ser miembros natos de la ejecutiva en un intento de buscar más votos en el cinturón (cada vez menos) rojo.
«HERENCIA ENVENENADA» / La comitiva procedente de Madrid para arropar a sus compañeros catalanes, capitaneada por el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, que presidió el cónclave, también puso en la diana al PSOE y CiU. No se vio en ellos ningún atisbo de abandonar esa coletilla que tanto usan desde que gobiernan: todo es culpa de «la herencia envenenada de los socialistas». Es más, el secretario de Estado de Relaciones con las Cortes, José Luis Ayllón, llamó a los 1.008 compromisarios a emplear esa justificación tantas veces como sea necesario.
La ministra de Sanidad, Ana Mato, y el director del Gabinete de Presidencia, Jorge Moragas, demostraron con creces que siguen esa estrategia a pies juntillas. Mato defendió que el Gobierno central ha impulsado una agenda reformista que «beneficia el bienestar social que el PSOE ha puesto en peligro», aunque también dedicó atención a los nacionalistas y reclamó «entendimiento» entre los ejecutivos de Rajoy y Mas.
Mucho menos condescendiente con CiU fue Moragas, quien acusó a la federación de sembrar la «discordia». Este hombre de confianza de Rajoy, sin embargo, reservó sus frases más lapidarias para elogiar las políticas de su jefe: «Reformar o morir» fue una de ellas, que remató augurando que «cuando el edificio crezca, la gente sentirá la solidez y reconocerá el hercúleo esfuerzo de los seis primeros meses del Gobierno de Rajoy».
Todo ello pronunciado en un tono en el que no dejó cabida a las medias tintas. Su «viva Catalunya, visca Espanya » del final demuestra que la apuesta del PPC por el «autonomismo diferencial» debe ir siempre de la mano de un discurso antiseparatista y nítidamente contrario a la «transición nacional» de CiU.