DESAFÍO AL RÉGIMEN DE PEKÍN

Chen Guangcheng (con muletas) abandona la embajada de EEUU, el miércoles. (AP)
La disidencia en China libra un combate homérico
La presión sobre la oposición se incrementó a partir del 2008
A pesar de una cierta apertura, los activistas no tienen juicios justos
Chen Guangcheng es la excepción. Desafió a Pekín y ganó. Si nada se tuerce, viajará a EEUU con su familia. El camino revela una lucha homérica. Ciego desde la niñez, saltó el muro de dos metros que rodea su casa en la provincia de Shandong para escapar y alcanzar tres días después la embajada estadounidense de Pekín. Ya desde el hospital, imploró ante las cámaras la ayuda personal de Obama. A este disidente nunca le había faltado dignidad ni fortaleza para afrontar años de cárcel, arrestos domiciliarios y palizas.
El capítulo revela una lucha desigual. A un lado, un abogado autodidacta que defendió primero a sus vecinos ante los excesos del poder local y acabó denunciando los 7.000 abortos y esterilizaciones forzados en su provincia para cumplir los objetivos de la política del hijo único. En el otro, un país convencido de que progreso y disensión no mezclan.
«La represión a disidentes se ha intensificado desde el 2008, aunque estos continúan su lucha tenaz por la defensa de los derechos humanos», señala Wang Songlian, investigadora de Human Rights Defenders, de Hong Kong. China encadenó entonces las protestas étnicas de Tíbet y Xinjiang. El temor de Pekín aumentó con las revueltas árabes. Decenas de activistas, abogados de derechos humanos, artistas e intelectuales fueron detenidos, interrogados o recluidos en lugares secretos a pesar de que a las convocatorias de manifestaciones solo acudió prensa extranjera y policía.
PACTO TÁCITO / El Gobierno y la población firmaron tras la matanza de Tiananmén de 1989 un pacto tácito de progreso a cambio de estabilidad. Muchas de las reformas reclamadas entonces han llegado pacíficamente con el desarrollo económico. En China hay decenas de miles de protestas al año pero no atacan al andamiaje del sistema: se protesta por un problema particular, un líder local corrupto o una fábrica contaminante.
No hay democracia occidental ni se la espera, pero millones de jóvenes estudian en el extranjero y la clase media aumenta cada día. Nadie podía imaginarse un lustro atrás en China a trabajadores en huelgas, periodistas denunciando a poderosos, abogados invocando los derechos humanos o líderes fulminados por la presión de internet.
MEJORA GRADUAL / Ese contexto de mejora gradual de los derechos humanos en general hace más sangrante aún la represión a los activistas, tan admirables y heroicos como poco representativos de una sociedad apolítica. La disidencia abarca una tipología heterogénea: brillantes intelectuales como Liu Xiaobo, premio Nobel de la Paz y condenado a 11 años de prisión; célebres artistas como Ai Weiwei, acosado por delitos fiscales y pornografía; o tenaces activistas como Chen Guangcheng.
Los disidentes no suelen disfrutar de los juicios justos previstos por la ley. La mayoría son condenados por el eufemístico delito de «subversión contra el Estado». «Son juicios que abonan a la frustración. Apenas tienes margen para reducir la pena. A menudo interrumpen mis alegaciones. He recurrido decenas de veces las violaciones del procedimiento legal y nunca he conseguido nada», señala Liang Xiaojun, abogado de activistas. Liang no pudo evitar la pena de nueve años de prisión para Chen Wei, famoso escritor que colgó 26 ensayos prodemocráticos en la red y firmó la Carta 08, un manifiesto por la reforma política. Recuerda que su defendido llegó escoltado por policías con ametralladoras y le fue prohibido utilizar el ordenador y otros aparatos electrónicos en la vista.
Liang también sufre la presión policial. «Cada mes me citan para tomar el té y preguntarme en qué casos estoy trabajando», explica
Wen Jiabao, primer ministro, es un verso libre. En los últimos meses ha instado a la aceleración de las reformas políticas en China para evitar el colapso. El mensaje va dirigido a la hornada de nuevos dirigentes que le relevarán en el congreso de otoño. El empuje desde el interior de la población a las facciones más aperturistas del régimen compensaría la pusilánime presión internacional. En tiempos de apreturas económicas, ningún gobierno quiere arruinar un jugoso contrato con el gigante asiático por unas incómodas y estériles charlas. Las solemnes promesas de aleccionar al régimen sobre derechos humanos antes de llegar a Pekín no trascienden de una liturgia para el consumo interno.
«Los gobiernos no presionan. El caso de Chen demuestra que incluso Washington parece intimidado. La economía es el mantra de la política en Occidente y todo el mundo baila alrededor del becerro de oro. Los derechos humanos no son ya un valor importante, o decaen rápidamente. Así ocurrió antes de la segunda guerra mundial», advierte Mark Shan, de China Aid, con base en EEUU.