TESTIGO DIRECTO

Saqueo a un supermercado de Los Ángeles, en 1992. A la izquierda, la histórica grabación en vídeo de la paliza policial a King durante su detención. (AP / Paul Sakuma)
 

Furia racial en Los Ángeles

 El brutal arresto de Rodney King desató hace 20 años una reacción de violencia que causó 53 muertos y 2.393 heridos. El autor de esta pieza, entonces corresponsal de EL PERIÓDICO en EEUU, recuerda el impacto de aquel suceso.

FREDERIC
PORTA
 
Dos décadas hace ya desde el caso Rodney King, vivido en presente entonces como si las costuras del sistema americano, del american way of life, fueran a reventar tras brutal ruptura. Desde la perspectiva del tiempo, nada de eso, apenas un eslogan ya internacionalizado ( «no justice, no peace» ) y algunos segundos de la gloria vaticinada por Warhol para algunos protagonistas del affaire, el iceberg de un escándalo eterno y aún pendiente de corrección. Racismo, simplemente. Abuso de poder, de paso. Brutalidad policial, también.
Rodney King era otro entre los millones de desheredados de la fortuna que pueblan Los Ángeles, esa metrópolis inabarcable. Recuperada la libertad condicional tras dos años de condena por perpetrar el atraco a una tienda blandiendo una barra de hierro, King había pasado las últimas horas viendo un partido de básquet con los amigos, divertimento aderezado por cierto trasiego de cervezas, presuntamente exagerado. Al volante de su vehículo, King y su comparsa cruzaban cualquiera de esas interestatales de las cercanías cuando una patrulla policial le dio el alto por circular a más de 150 kilómetros por hora, superando el límite tolerado en 56 kilómetros por hora.
Consciente de su libertad condicional, el pavor empujó a King que escapar, pisado gas a fondo y dando inicio a una persecución de 10 kilómetros en la que participaron varios vehículos e, incluso, un helicóptero policial. Rodney detuvo finalmente el coche en un arcén. Sus acompañantes siguieron al pie de la letra las indicaciones recibidas a voz en grito. Simplemente, que permanecieran en el suelo con las manos agarradas al cogote. King tardó en abandonar el vehículo y cuando lo hizo, encadenó una espléndida retahíla de torpezas, desde agarrarse el trasero en befa –gesto que hizo pensar a los captores en la posesión de un arma de fuego– hasta ponerse gallito con los agentes, sin olvidar un saludo cordial enviado a los ocupantes del helicóptero perseguidor, otro de aquellos Truenos azules que tanto tranquilizan al votante republicano.

UNA DESCARGA ATROZ. Le dispararon un taser, descarga eléctrica capaz de apaciguar al mayor indignado, sin que Rodney se aviniera a demasiadas razones, acongojado con la idea de meterse en nuevos apuros; él, de 26 años, ya separado y con tres hijos a su cargo. Tampoco colaboraban en su favor su hercúlea fisonomía, una percha de metro y 90 largo bien musculado, ni su pigmentación de piel. Situados en el peor escenario, Rodney generó con su errático comportamiento y resistencia a la detención el caso más relevante de exceso policial visto y recordado hasta la fecha. Observado y grabado, también, gracias a la casualidad, a la pericia de un tal George Holliday que decidió imitar al James Stewart de La ventada indiscreta, cambiando cámara fotográfica por vídeo. Y a partir de ahí, Holliday se convirtió, más bien, en un James Ellroy visual, émulo del escritor cuando redactaba inolvidables novelas sobre la larga, sempiterna tradición de la policía angelina, empeñada en perpetuar su etiqueta de cuerpo corrupto, arbitrario y carente de todo principio asumible por un sistema democrático que se declare como tal.
Tambaleante o en el suelo, el tozudo King, el de las malas decisiones instantáneas, recibió 56 porrazos y seis patadas en una inacabable, sobrecogedora secuencia inmortalizada por Holliday. Desmayado y nocaut tras la fenomenal paliza, King fue arrastrado, bajo arresto y sin despegarse del suelo, hasta la ambulancia que le trasladó al Pacifica Hospital. Según el parte oficial, le fracturaron un pómulo, también el tobillo derecho y fue atendido de golpes, magulladuras y laceraciones por todo el cuerpo. A otro, sin su físico, tan descomunal salva de zurriagazos le habría generado peor diagnóstico, habría salido peor parado.

ESCÁNDALO MUNDIAL. Mientras tanto, Holliday inició su propio recorrido para ofrecer la grabación a los responsables de la policía angelina, que se lavaron las manos, y acertar en la posterior consulta a una televisión local, KTLA, que decidió emitir la truculenta situación en su integridad. De ahí a CNN para alcance nacional, iniciado ya el imparable reguero de pólvora que conduciría al escándalo mundial y al literal incendio local: un abuso de poder tan exagerado, tan racista, tan contrario a las más elementales normas cívicas fue visto por centenares de millones en todo el planeta. Pero el barril aún no había estallado.
El fiscal del distrito quiso tejer una componenda, con la humorada final del veredicto exculpatorio para el sargento Koon y los agentes Powell, Wind y Briseno, artífices de la paliza. Consumada la injusticia, los suburbios de L.A. entraron en combustión para vivir una semana de reacción, de miedo, de imparables protestas saldadas, según datos oficiales, con 53 muertes, 2.383 heridos, unos 7.000 incendios, 3.000 comercios asaltados y destrozados y pérdidas valoradas en más de mil millones de dólares. Incluso el propio King fue utilizado, vanamente, para pacificar el ingente riot (disturbio), pero su guionista no acertó al formular la pregunta retórica «¿por qué no podemos llevarnos bien?» con la que intentó calmar la adrenalina disparada de las minorías raciales. En aquel entonces, el poder coincidió con la sociedad bien pensante en creer que el contagio entre los desprotegidos del país, entre la minoría negra, arrasaría en días su modus vivendi. No sucedió así, por fortuna.

PIONERO DE LA ERA YOUTUBE. Corregido el primer fiasco por presión popular, los policías involucrados acabaron recibiendo veredicto de culpabilidad, las siempre turbias aguas raciales de L.A. parecieron volver a su cauce y Holliday quedó como el pionero de la era YouTube, un avant la lettre para la inmediatez y denuncia en la noticia candente. Sin él, nada hubiera pasado, más polvo para barrer bajo la alfombra policial. Sin su cámara, la detestable conducta, paráfrasis del abuso de poder, de los cinco agentes blancos que aporrearon al negro perdedor, habría quedado quizá en papel mojado, en el cínico tópico cinematográfico de su palabra contra la nuestra. King acabaría cobrando más de 3’5 millones de dólares en indemnización, pero el dinero no puede corregir su estigma de paria, ni le ayudó a enderezar su tambaleante existencia, marcada por el alcoholismo.
El trasfondo de aquella evidencia continúa manchando el nuevo milenio con tinta de sospecha. Habrá presidente negro en la Casa Blanca, pero el sueño de Martin Luther King aún mantiene largo trecho por recorrer. Hace 20 años, como probó en sus carnes Rodney King, y aún hoy, cuando la tensión de la llamada sociedad postracial subyace en espera de un nuevo estallido y el concepto es, por sí, pura entelequia.
Por cierto, King vive de rentas, acuciado por demonios que le resultan en exceso familiares. Ha sido detenido tres veces en dos años por conducción errática, «bajo influencia», como dice el eufemismo americano cuando no quiere llamar a las cosas por su nombre. O sea, bebido. Una de sus últimas apariciones públicas, hace dos meses, consistió en mostrar solidaridad hacia otra víctima, esta vez mortal, Tryvon Martin, el adolescente fallecido en Florida al ser tiroteado por un histérico y susceptible policía que le etiquetó de «sospechoso» sin razón, solo por su indumentaria y, claro, por su color de piel. La historia se repite con excesiva facilidad. Y su farsa, también.

 
King, durante una firma de libros, la pasada semana.