LA SITUACIÓN EN EUROPA

Un inmigrante magrebí y otro iraquí, en la estación de Corinto. (ALESSANDRO PENSO)
«Regreso a Sudán»
Muchos inmigrantes se acogen a repatriaciones voluntarias a sus míseros países Luego, buscarán otro futuro lejos de Europa
Omar se lleva una mano a la cabeza. No se lo cree. «Mañana regreso a Sudán» . Su patria natal. No se lo puede creer. Salió de allí escapando de la miseria y de la dictadura y ahora debe regresar.
En Sudán, Omar era profesor, pero ganaba tan poco que decidió pasarse al comercio: no tuvo suerte y perdió el poco dinero que poseía. «Dejé mi país cuando ya no tenía más posibilidades de vivir y vine a Europa porque desde que era un niño escuchaba que aquí se respetaban los derechos humanos », se lee en su diario personal, en el que, en un modesto inglés, recoge sus desventuras en Grecia.
«Desde el primer mes en Grecia traté de tener una existencia legal a través de las organizaciones de ayuda a los refugiados pero no lo logré, así que me convertí en un sin techo. Vivo en un edificio abandonado y trabajo recogiendo metal con un carrito», explica. Hasta su marcha, Omar habitaba entre las ruinas de lo que fue la planta de producción de la Columbia Records en Atenas, otro símbolo de la crisis económica del país. Entre desechos y basuras, unos 30 inmigrantes sobreviven como pueden en una existencia llena de temor por las continuas redadas de la policía griega, que según denuncian organizaciones como Amnistía Internacional, no es precisamente un dechado de buenos modales. «Por la noche cada vez que oímos un ruido extraño o una sirena de policía, nos despertamos porque tenemos mucho miedo» , relata.
Omar, de 36 años, es una persona educada pero retraída y reflexiva. Normalmente prefiere resguardarse en su soledad y su desesperanza en algún rincón de la fábrica o empujar su carrito. Era lo único que lo ataba a Grecia: «El empujar el carrito me daba cierta seguridad. Al menos cuando llevas el carrito la gente muestra cierto respeto», escribe. Con la chatarra conseguía unos cinco euros al día; siete si la jornada era buena. Al menos lograba alimentarse. Pero no era esta, ni mucho menos, la vida que soñaba encontrar.
Un suceso le terminó de convencer de que esta no era la Europa de la que le hablaban. Lo cuenta en su diario: « La policía me detuvo junto a algunos de mis amigos. Nos sacaron (del edificio) y nos hicieron tumbarnos en el suelo. Empezaron a patearnos y nos dijeron palabras muy malas. Me pusieron una bota sobre la cabeza. Cuando se fueron, deseé que me hubiesen matado antes que hacerme perder lo que me queda de dignidad. Por eso decidí regresar a mi país» .
El caso de Omar no es único. Además de las deportaciones periódicas de inmigrantes (unas 17.000 al año), en los tres primeros meses de 2012, otros 2.500 se han acogido a las repatriaciones voluntarias, financiadas por oenegés y estados europeos.
La posdata de esta historia llega desde Jartum. En Sudán las cosas tampoco van bien, escribe Omar en un e-mail. Trata de ahorrar dinero para volver a emigrar. A Turquía, Egipto, los países del golfo Pérsico, pero no a Europa. Algunos de los pobres, los desarrapados que habían llegado a la Europa feliz en busca de la prosperidad, ahora se vuelven, incluso aquellos de los países más míseros. Es el fin de una época. Y ellos, han sido los primeros en darse cuenta.