WOLFGANG STRIEBINGER, PASTOR EVANGÉLICO

Wolfgang Striebinger. (JOSEP GARCIA)
«Vivo como un pobre entre los más pobres»
Fundó el Chiringuito de Dios en el Raval, que ofrece ropa, ducha y comida a indigentes.

OLGA MERINO
Cuando tenía 18 años, Wolfgang Striebinger (Ludwigshafen, Alemania, 1953) cogió la mochila en plan hippy y se largó a ver mundo. Por el camino encontró a Dios.
—Empecemos por el principio: la India, 1973. ¿Qué iba a buscar?
—La India era un centro de peregrinación para los jóvenes de entonces que nos rebelábamos contra el sistema. No iba a buscar nada en concreto, solo salir de una sociedad conformista. Alguna idea espiritual tal vez tenía; el mensaje de los Beatles…
—Inevitable formularle la pregunta: ¿Beatles o Rolling Stones?
—Los escuchaba a los dos. Pero los Beatles, para mí, tenían mejor mensaje: el gurú Maharishi, Lennon con su Hallelujah , la canción de Imagine … También sentía cierto rechazo a la Iglesia establecida.
—Drogas, ¿también?
—Sí, claro. En la India se ofrecía de todo. En aquel tren viajábamos miles de jóvenes, muchos de los cuales murieron de sobredosis. Otros acabaron en cárceles. Suicidios… Soy un superviviente de aquel tiempo.
—Acabó tirado.
—Cuando dormía en la calle, en Nueva Delhi, se me acercó un joven de una comunidad cristiana y me invitó a unirme a ellos. Los hippies no acababan de convencerme, y yo buscaba una salida para mí vida.
—Estaba confundido.
—Con ellos comprendí el valor de la hospitalidad y de un Evangelio nada clerical ni dogmático. Una teología de la paz. Allí tuve más seguridad sobre la existencia de Dios.
—¿Cuándo se instaló aquí?
—Llegué a Bilbao en 1982, coincidiendo con el Mundial, con un grupo de misioneros jóvenes y mi esposa, de la que me separé después. Veníamos con la idea de predicar el Evangelio y salvar el mundo. A Barcelona llegué con los Juegos Olímpicos. Primero trabajamos en la plaza Reial y hace 12 años fundé el Chiringuito de Dios (Espalter, 2), donde ofrecemos comida a los sintecho.
—Pero usted es pastor...
—Mi predicación hoy es el comedor. Siempre he trabajado con marginados, como lo fui yo, un chico drogadicto que dormía en la calle. Yo no hago otra cosa que lo que otros hicieron conmigo. Practico la hospitalidad en vez de comerle el coco a la gente. Ya no practico ningún tipo de proselitismo. Damos de comer al que tiene hambre. Nada más.
—¿A cuánta gente alimentan?
—Cincuenta platos por la mañana y 50 para la cena. A unas 75 personas, porque algunos repiten. Luego viene gente pobre del barrio a buscar la comida que nos sobra.
—¿El prototipo de indigente?
—Un inmigrante africano sin papeles. Pero tenemos de todo. Cada vez hay más ancianos catalanes que no tienen nada. También acuden familias enteras. La gente se entera por el boca a boca y por nuestra página web (www.elchiringuitodedios.com).
—¿Quién les da la comida?
—El Banco de Alimentos, el supermercado Lidl, el pare Manel, el Colegio Alemán, el Liceo Francés, Luz de Gas, el restaurante El Pollo Rico, de la calle de Sant Pau. Algunas panaderías del barrio. Y el restaurante de Carles Abellán nos trae cada jueves una superpaella para 60 personas.
—¿Alguien le echa una mano?
—Yo soy el fundador, pero trabajo con un pequeño equipo de personas, todas de la calle.
—¿De dónde saca la energía?
—Es duro porque no hay dinero. En este momento tenemos tres instalaciones: el comedor, una ducha minúscula con ropero y lavadora, y un pequeño piso con camas. Pagamos unos 2.000 euros al mes por los alquileres, y veo que ya no llego. Probablemente, tendremos que cerrar la ducha y el piso. Nos encontramos en un momento crítico.
—Y usted, ¿de qué vive?
—Vivo como un pobre entre los más pobres. Como aquí y me visto con la ropa que nos da la parroquia del pare Manel. Lo vecinos también traen cosas; hay mucha gente sensible y buena. Ropa y comida no nos falta. Dinero para pagar las facturas, sí.
—¿Está satisfecho con su vida?
—Sí, me gusta lo que estoy haciendo. Hace tres años volví a Alemania. Encontré un buen trabajo, tenía mi coche, mi casa estaba sin hipoteca… Pero me di cuenta de que la vida cómoda y consumista no está hecha para mí. ¡Anhelaba el barrio chino!
—¿No se siente solo?
—A veces, sí. Convivo con mi compañera, una catalana que trabaja limpiando pisos. Es una vida dura.