ANÁLISIS

Este Titanic no se hundirá, lo salvaremos

IGNASI
GUARDANS
 
 
Año 2030, en alguna escuela de Europa: «Debemos agradecer a la crisis del 2012 la creación de la Europa sólida que conocemos hoy…». O, alternativamente: «Puede decirse que la Unión Europea comenzó su descomposición hacia octubre del 2012, tras la quiebra de Grecia…»
Es muy difícil contar la historia cuando se está siendo parte de ella. Horas después de la reunión del Eurogrupo para salvar la banca en España, y a sí mismos, puede decirse que estamos en este preciso instante en uno de esos periodos que han de marcar no solo la realidad económica inmediata de todos nosotros, y en buena medida la del mundo, sino también la realidad política de la Europa que conocemos y de la que vivirán nuestros hijos. España y el rescate de sus bancos; Grecia y su posible suspensión de pagos; o eso que coloquialmente se llama su salida del euro, que sería de hecho una ruptura unilateral o pactada de los Tratados; la reintroducción de medios de pago alternativos al euro; el cierre temporal de fronteras a capital y mercancías que seguiría a esa situación…, son distintas escenas posibles de un mismo relato cuyo final desconocemos en este instante, pero que será contado en las escuelas y facultades con la importancia de uno de los momentos fundacionales de lo que sea la realidad europea dentro de 25 años.
Hay varias hipótesis de lo que puede ocurrir todavía perfectamente posibles y de consecuencias difíciles de medir. Pero al menos vamos abandonando ese estado que en inglés califican de « denial », negación de la realidad. Y en todo caso, me cuento entre quienes creen que lo de compartir un delicioso suicidio en grupo lo dejamos para la divertida novela del finlandés Arto Paasilinna. No es ese el futuro que nos espera a los europeos. Puestos ante el precipicio real, los gobiernos y las instituciones comunes tienen a su disposición todo el arsenal necesario para rescatar este Titánic antes de que se hunda definitivamente. Un buque de lujo del que estábamos vanidosamente orgullosos, y para el que, como en aquel, no teníamos a punto los sistemas de emergencia que ahora se construyen a toda velocidad.
Sin debate
Pero es llamativo ver cómo esos nuevos sistemas de salvamento, reformas de enorme calado, se van aprobando uno tras otro sin apenas debate público, aunque suponen una transformación pasmosa de la construcción europea que conocemos. Como en todo estado de emergencia, no es momento de hablar de ello. Hay un Estado Mayor económico-financiero al que hemos delegado toda la capacidad de tomar todas aquellas decisiones que nos permitan evitar el apocalipsis y conservar lo que podamos del modo de vida que hemos construido en los últimos decenios. Y de esta forma, muchos de los debates sobre el federalismo que levantaron pasiones cuando el Tratado de Maastricht, de Amsterdam, la Constitución o el de Lisboa quedan en nada ante cambios de inmenso calado adoptados a velocidad de vértigo.
Sistema fiscal europeo, autoridad bancaria única, presupuestos nacionales sometidos a fiscalización previa, y todo el entramado jurídico detrás de los nuevos mecanismos financieros, son transformaciones cuyo impacto a largo plazo es equiparable a la creación del primer mercado común. Y eso sin llegar al presidente de la Comisión elegido por sufragio universal del que ya habla la cancillera Merkel.
Esta tempestad pasará, dejando su rastro de destrozos. Pero cuando eso ocurra, no reconoceremos el paisaje de la Europa que gestionará el nuevo tiempo.