EL GRAN PATRIARCA DE LAS LETRAS NORTEAMERICANAS

Faulkner, con uno de sus caballos favoritos. (ARCHIVO)
 

La vida oculta tras la correspondencia

La nueva edición incluye cartas inéditas del autor

E. H.
BARCELONA
 
A lo largo de su vida, William Faulkner se aplicó mucho en borrar celosamente toda huella sobre su intimidad. En las entrevistas solía decir que era hijo de una negra y de un cocodrilo para descolocar a los periodistas. «Mi ambición, como persona reservada que soy, es que me borren y me echen de la historia, sin dejar rastro, sin más restos que los libros publicados». Fue ese sentimiento el que le llevó a contestar muy amablemente a John F. Kennedy que no podía responder a su invitación a cenar a la Casa Blanca porque no tenía un traje adecuado para la ocasión. Así que su correspondencia es posiblemente el mayor grado de intimidad y cotilleo al que puede acceder por vía directa.
La nueva edición de las Cartas escogidas recoge su correspondencia desde 1918 –cuando era un recluta en las fuerzas aéreas de Canadá aunque no llegase a entrar en combate– hasta 1962, la última carta está fechada cuatro días antes de sufrir el ataque cardiaco definitivo. La actual versión ha sido ampliada con diversas cartas inéditas hasta el momento en castellano.
El responsable de la selección, Joseph Blotner, autor de su monumental biografía, se ocupa también del prólogo de la correspondencia que «más que completa o exhaustiva, aspira a ser representativa» .
Las cartas, elaboradas con una conciencia muy poco intelectual, no están, por lo tanto, escritas con un ojo puesto en la gloria futura sino, realmente , dirigidas a los distintos corresponsales. Por esa razón, nada del estilo alambicado del autor se filtra en sus cartas dirigidas a su familia, su madre, su esposa, sus escasos amigos escritores –el crítico Malcom Cowley– y su editor a quien machacaba continuamente con sus necesidades económicas.
En el fondo, cuenta Blotner, a Faulkner no le gustaba escribir cartas. Es fácil imaginar lo mucho que le costó escribirle a un periodista amigo para que intentara convencer a los miembros de la Academia sueca en 1950 de que no se molestaran si no acudía a recoger el Nobel. «Tengo más de 50 años; probablemente ya no queda mucho en el depósito. No vale la pena el desplazarse de Mississippí a Estocolmo». Sin embargo, caballero al fin, abandonó la bebida por unos días y dio uno de los discursos más memorables, aunque inaudibles, de la historia del premio.