DOS MIRADAS
Hopper

JOSEP MARIA
FONALLERAS
Habrá que que ir a Madrid a ver en el Thyssen la exposición más importante de Edward Hopper que se ha montado nunca en Europa. Un hopper , visto de cerca, genera una atracción indiscutible, irresistible. Tiene la capacidad inusual de convertir al espectador, el que contempla la obra, en una parte de la obra misma. O, dicho de otro modo, miras un cuadro de Hopper y eres una mujer que se sienta en la habitación de un hotel, o una chica que hace de acomodadora en un cine, o un grupo de ociosos que toman el sol, casi cadáveres, en una explanada tórrida. Es una experiencia artística única porque, además, la mayoría de piezas del pintor nos han llegado a través de todos los soportes imaginables. Las hemos visto en portadas de libros, en películas, en pósteres, en ilustraciones sobre el tipo de vida americano, sobre la depresión y la soledad, sobre el peso de la propia conciencia. Y, de golpe, enfrentados a la creación original, aunque la tengamos aprendida, aun sabiendo todos sus detalles, nos dejamos deslumbrar de nuevo, ahora ante el trazo figurativo que no es solo construcción de espacios sino elaboración de historias.
Hopper es también literatura, y atraen, en este sentido, las descripciones que el pintor y su mujer hacen de los cuadros, los bocetos que incorporan a la libreta donde anotan los datos de las ventas. Ninguna palabra podrá igualar una figura de Hopper , pero es en las palabras donde también se esconde su espíritu.