EL FESTIVAL DE MÚSICAS AVANZADAS

Lana del Rey, el viernes noche en el Sónar. (ferran sendra)
Lana del Rey, inquietante diosa griega
La nueva estrella ofreció un ‘show’ elegante y de insinuante clasicismo
JORDI BIANCIOTTO
BARCELONA
La principal acusación que se dirige a Lana del Rey es la de producto calculado y prefabricado. Pero, ¿no lo son tantas y tantas criaturas pop sin que esa acta bautismal sea determinante al evaluar su valor artístico? Ni la espontaneidad creativa garantiza la trascendencia de una propuesta, ni la ejecución fría en un laboratorio la desacredita. Y, el viernes, en el Sónar, la neoyorquina ofreció una actuación elegante, evocadora y atrevida, y cantó con rigor, sin dejarse influir por el contexto festivalero.
Un pase corto, eso sí, con solo nueve canciones (recortó una del setlist habitual, Summertime sadness ), y 45 minutos. Concepto instru-
mental chocante, más aun si estamos hablando del Sónar: una guitarra, un piano y un cuarteto de cuerda. Sin percusiones. Lana del Rey llevó al límite el recogimiento adulto que baña su disco Born to die , y sorprendió su radicalismo al mutilar toda pista electrónica y todo guiño al trip-hop. La mejor manera de destacar en un festival lleno de vertiginosos y estridentes bpms es prescindir por completo de ellos.
GLAMUR HIERÁTICO / El repertorio del disco es irregular, y por eso la actuación aguantó en parte por su brevedad, pese a incluir canciones menores como Lolita o esa balada mainstream con cosmética que es Without you . Aunque incluso ahí, la distinción vocal se hizo notar. Del Rey, una principiante, no es New Order, veteranísimo grupo al cual los efectos del éxito y las masas eufóricas hacen perder el mundo de vista y pervertir su música con « heys » y « come on » desencajados. Ella interpretó con la misma parsimonia cool con la que podríamos imaginarla en el piano bar de un rascacielos art déco de Los Ángeles. Sin alterar su entonación, con porte, tocado y falda de diosa helénica. Contenida y lejana incluso cuando bajó del escenario y besó a los fans. Entendámoslo: no podía cargarse el personaje así como así.
Imágenes del viejo Hollywood y del clan Kennedy vistieron ese show refinado, sin torpezas populistas. Algodonosa, con un tratamiento instrumental algo lineal, pero provista, al menos, de dos grandes canciones, lo cual no está nada mal para un primer disco: la tortuosa Born to die yese Video games cuya melodía destemplada sigue dando vueltas en la cabeza del cronista 24 horas después. A los que siguen dudando: ¿no pagarían para que, al menos, en cada actuación del festival hubiera sonado una canción tan buena como esa?