EL TURNO

Inmersión lingüística e independencia

ENRIC
MARÍN
 
Esta semana se han producido dos hechos que hablan de manera elocuente sobre el momento de la relación entre Catalunya y España: el pronunciamiento del Tribunal Supremo sobre la inmersión lingüística y la encuesta del CEO. Los posicionamientos contrarios al modelo lingüístico del sistema escolar catalán del Supremo o del Constitucional en los últimos años no han aparecido por generación espontánea. Son consecuencia directa e indirecta de una campaña sistemática, mediática y política. El objetivo no es inocente. La política de inmersión lingüística ha sido clave para dos objetivos vitales para la sociedad catalana: hacer posible el conocimiento y el uso de las dos lenguas oficiales en el sistema educativo y garantizar la unidad civil de una sociedad altamente compleja y plural. A estas alturas, ya importa poco saber si los persistentes promotores de la campaña son conscientes o no de los efectos separadores de su obsesión lingüística. El hecho objetivo es que el éxito que la campaña ha tenido en la sociedad catalana es insignificante. El efecto más visible entre la ciudadanía es el crecimiento sostenido de la convicción de que la realidad lingüística y cultural catalana no tiene cabida en el concepto de España que ha terminado de configurar el nacionalismo hegemónico español: uniforme, excluyente y centralista.
En contraste, entre los independentistas ha ido ganando terreno la idea de que una Catalunya soberana debería mantener con convicción el esquema de las dos lenguas oficiales y avanzar de forma decidida hacia el conocimiento generalizado de una tercera. El avance sostenido de los postulados soberanistas que muestran las encuestas no es solo la respuesta a la percepción de una España cerrada a cal y canto. Es, también, la consecuencia de una concepción inclusiva, plural y abierta del proyecto soberanista.