DOS MIRADAS

El virus y yo

JOSEP MARIA
FONALLERAS
 
Todavía no puedo entender cómo unos criminales estonios que delinquieron hace cinco años pueden hacer que mi ordenador se desconecte de la red una tarde calurosa de julio, al cabo de tanto tiempo. He vivido con el miedo en el cuerpo hasta el lunes a las seis y un minuto, con la angustia de no poder seguir atento a la actualidad, aterrorizado porque este artículo no llegara a la redacción de EL PERIODICO, temeroso de encontrarme desnudo en medio de un desierto en forma de red. Yo soy de aquellos que aún creen que internet es una especie de milagro. Soy de los que no entienden cómo funciona todo, de los que creen que las conexiones no responden a una estructura empresarial (excepto cuando pago la factura, claro) y a unos complicadísimos algoritmos matemáticos sino que el invento se desplaza a través del planeta del mismo modo que lo hacen las nubes en el cielo. Porque toca.
Por eso no entiendo qué pintan, en esta historia, los piratas estonios y, tras ellos, el FBI, ni los servidores limpios y los embadurnados. Y, sobre todo, no entendía por qué mi ordenador podía sufrir la sacudida. Por suerte, puedo anunciar que a las seis y dos minutos las rayitas que indican el nivel de fidelidad de la red marcaban, ufanas, el máximo, y que pude conectarme y colgar tonterías en Facebook y consultar periódicos de Australia y todo esto que hacemos habitualmente. Y enviar este artículo. Me habría muerto, si no.