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UNIDAS. María Alcalá y su hija, Elisabeth Ruiz, a la que ha vuelto a acoger en su casa. (JOSEP GARCIA)
 

«Toda la vida trabajando para verte en la calle»

Una madre y una hija que han vuelto a vivir bajo el mismo techo por necesidad explican las penurias que están pasando a diario al no poder hacer frente a las deudas que acumulan

ROSA MARI
SANZ
 
«Es una cadena que nos afecta a todos. Se trabaja para pagar los créditos. Pero claro, has ido al banco, has pedido dinero, te lo han dado sin preguntar, lo has cogido sin pensar, y ahora, puedas o no, lo tienes que pagar». Lo cuenta María Alcalá, una mujer viuda de 79 que ha acogido en su casa a su hija Elisabeth Ruiz, y a sus dos nietos, de 13 y 10 años, al separase el matrimonio y no tener opción de otro techo por las deudas que acumulan.
Como ocurre en tantas familias, la casa, que en su día fue un sueño, se ha convertido en una pesadilla. Hace 11 años, María y su marido, que falleció hace cuatro años, acordaron vender el piso que tenían en Rubí y comprar a medias con su hija y su yerno un chalet de dos plantas en una urbanización cercana a este municipio del Vallès Occidental.
Crisis y separación
Decidieron que los jóvenes, que se hipotecaron para adquirir la vivienda, se instalarían arriba, y los mayores abajo. Y así fue hasta que la relación entre el matrimonio joven se fue deteriorando debido a los problemas económicos que empezaron a acumular tras la pérdida de empleo de él, la posterior compra de un camión para buscar una alternativa como transportista que tampoco funcionó, el aumento de hipoteca de la casa, el contrato de préstamos personales, el tirar de beta ... Hasta que hace un año la situación, cuenta Elisabeth, era insostenible y decidieron separarse después de 20 años juntos. Y él se ha quedado allí.
«No tiene absolutamente nada y es el padre de mis hijos. No podemos echarle. Nosotros nos hemos bajado a vivir con mi madre, aunque nos iría muy bien poder alquilar la vivienda de arriba, pero lo primero es ser humanos y hemos de esperar a que él tenga un trabajo estable», relata Elisabeth, cuya mensualidad de mil euros no cubre las deudas que fueron adquiriendo.
Su madre poco puede hacer con una pensión de 400 euros al mes. «Pago la contribución y la luz, no da para más. Toda la vida trabajando para verte ahora en la calle. Lo más duro es cuando abro la nevera y no hay nada. Hace días que no compro yogures para los niños...», continúa con el temple contenido. Ambas subrayan como vital la ayuda que reciben por parte del vecindario, que les proporcionan alimentos, al igual que la Creu Roja, entidad que les presta apoyo desde el pasado año.
«Mucha gente lo está pasando fatal, pero aún así te echan una mano. Una chica que vivía muy cerca de aquí se ha tenido que ir a vivir con su madre a Barcelona porque ha perdido la casa», apunta Elisabeth, quien da gracias a que nunca se ha quedado en paro y a que en su trabajo, una empresa de electrónica de Terrassa, también le han ayudado adelantándole dinero de las pagas. «Debo a todo el mundo. Me gustaría poder vender esta casa y liquidar la hipoteca. Poder empezar de cero en un piso de alquiler con mis hijos, pero ahora nadie puede comprar nada. Ya no sé ni por dónde tirar. Creo que al final nos lo van a quitar todo», lamenta.
María es consciente de que su irrisoria pensión no le hacía vislumbrar una vejez holgada económicamente, pero sabe que hubiera ido tirando con los ahorrillos. Ahora la crisis le está llevando a pasar por los peores momentos que recuerda: «Nunca me he visto tan apurada. Tuvimos una época muy dura cuando mi marido, que trabajaba en la construcción y se ganaba muy bien la vida, se quedó ciego de un día para otro. Yo me puse a trabajar y luego él se dedicó a vender cupones de la ONCE. Ahora, aunque quieras, no puedes espabilarte porque no hay empleo».
Lo que peor lleva es no poder ayudar más a su hija, pero la actitud que muestra al explicar su difícil situación, transmitiendo serenidad, sensatez y, por qué no, algo de humor, hace pensar que la ayuda material que ansiaría ofrecer la compensa con creces evitando que la angustia se apodere de una casa en la que viven dos menores.