A PIE DE CALLE

Cartel del local en venta de una antigua carnicería en la calle de Guifré, en el Raval, ayer. (javier carbajal)
 

Se busca gente optimista

CATALINA
GAYÀ
 
Son hasta nueve los carteles de «Se vende», «Se alquila» o «Se traspasa» que hay en la calle de Guifré, y eso que esta calle del Raval es corta como lo son las vacaciones en tiempos de crisis. Lo peor es que Guifré no es una calle gafada. En casi cada rincón de la ciudad se repite la misma historia. En Guifré, hace ya más de un año que aparecieron los carteles y, de momento, no ha habido movimiento alguno. Quien cerró la persiana se fue sin escándalo: un día no pudo pagar el alquiler, y tuvo que irse a otro sitio; algunos, a otro país. No hubo una ruptura. Un día cualquiera dejaron de abrir.
Por eso, empecé esta crónica hace cuatro meses. Me planteé seguir los pasos de alguno de estos locales y ver cómo cambia la calle por la presencia de un nuevo local. De momento, lo único que ha sucedido es que uno de los carteles ha ido ampliando su tamaño.
Me acerco a los lugares, y la memoria reciente ya se ha borrado. Son pocos los que se acuerdan de que en uno de los locales, el año pasado, se montó una asociación cultural. Cuentan que hace «mucho, mucho tiempo» ese local era una carnicería especializada en carne de caballo.
Escribir que estos carteles son las cicatrices de la recesión es casi una obviedad. Por eso, no había escrito esta crónica. Esta semana, me topé con la web de Dan Thompson , el británico que, gracias a un Tweet, hizo que su compatriotas salieran a la calle con una escoba en mano (y hablaran entre ellos) cuando se produjeron los disturbios en los suburbios de Londres. Su lema es: «Podemos hacer mucho más juntos. No es tan imposible».
En su web (http://emptyshops.wordpress.com) escribe que ahora está embarcado en un proyecto de recuperación de espacios vacíos. En muchas ciudades de Gran Bretaña, los centros comerciales han vaciado las calles del centro de tiendecillas, y hay decenas de locales cerrados.
Como en Barcelona, hubo quien no pudo pagar el alquiler. Otros no sobrevivían solos. Los centros se homogenizaron –en Barcelona serían tiendas de móviles o fruterías– y dejaron de tener una identidad única. En la página web de Thompson , hay ejemplos de «otra manera de usar el espacio». Cerca de Manchester, han recuperado un almacén vacío, han instalado 26 contenedores de barco y estos son ahora oficinas con alquileres asequibles. En la isla de Wight, se ha creado una red de artesanos que comparten información y que, según entiendo, se están planteando abrir negocios en tiendas vacías.
El mismo Thompson abrió una tienda de discos en Worthing. Era pequeña, funcionó durante seis meses. No se hizo rico, pero no perdió dinero. El autor dice que ahora, cuando los alquileres han bajado, quizá sea el momento de montar el sueño de cada uno, y hacerlo de tal manera que sea un éxito.
Pregunto a un vecino del Raval: qué querría que hubiera en los locales que están vacíos. El chico, que se llama Marcos y acaba de inaugurar una tienda, dice «comercios optimistas». «Gente optimista», es la respuesta de uno, dos, tres vecinos.
En noviembre, Mari Carmen Anselmo montó una peluquería en Riera Alta. El local había sido quiosco, tienda de ropa, un outlet de vestidos de novia. Ella abría comercio en el barrio donde nació y vive. «Me arriesgué. La gente lo está intentando. Han abierto el bar Bombón, hay una chica hace vestidos... Necesitamos gente que se arriesgue y que crea en sus propios proyectos».