IDEAS

Monstruos

ENRIQUE
DE HÉRIZ
 
Aprovecho las vacaciones escolares para llevar a mi hija de cinco años al Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, cuya primera parte tiene al planeta Tierra como protagonista. Impresiona avanzar por sus salas como si se te concediera la ocasión de mirar la historia de la vida con los ojos del planeta. Cuando, además, te ves obligado a explicar lo poco que entiendes a una chiquilla de esa edad, todo se reduce a simplificaciones que violentan el rigor del relato a cambio de aumentar su eficacia. «Mira dices, señalando pantallas, mapas y diagramas, en esa época solo había bichitos. Y aquí llegaron los dinosaurios. Los mató una piedra que cayó del cielo. Fíjate, aquí ya había monos. Mira este esqueleto. Y luego se convirtieron en hombres. Aquí aprendieron a manejar el fuego, algo muy importante...». Así se va desplegando la espeluznante aventura del ser humano sobre esta casa prestada que es la Tierra y aparece en primer plano la gran contradicción de nuestro paso por ella: somos una pequeñez ridícula, una nadería sometida a los vaivenes del azar y, sin embargo, en todas las épocas hemos sido capaces de dejar, para bien y para mal, una huella gigantesca. Así, ante los ojos alucinados de la infancia, respondiendo a su impagable avidez de conocer, llegamos a la pregunta clave. «Papi... ¿y ahora?». «Pues ahora iremos a comer, cariño.» «No, ahora de ahora no. Quiero decir eso de las épocas. Estaba lo del fuego y la piedra y el hierro y tal. ¿Y ahora?». Empiezo a contestar con esa falsa solemnidad que a los padres nos encanta fingir ante los hijos: «Ahora, hija mía...». Pero la respuesta estándar se me atasca. Quisiera decirle que vivimos en la era del conocimiento. Que lo único que nos distingue de nuestros antepasados, incluidos los bichitos primerizos, es haber acumulado el conocimiento suficiente para avanzar por la propia historia sin dar demasiados palos de ciego. Explicarle que la gran ventaja de conocer algo es que siempre te lleva a querer conocer lo siguiente. Pero me callo. Pronto saldremos a la calle y, aunque en su bendita ignorancia ella pueda permitirse el lujo de no darse cuenta, mil razones evidenciarán que estamos en plena era de la mezquindad. Que todo era un sueño. Y ya se sabe lo que produce el sueño de la razón.