DOS MIRADAS

Hombres buenos

JOSEP MARIA
FONALLERAS
 
Un entierro, en verano, es más triste. Puede haber tardes de invierno desoladas y mañanas oscuras de otoño. También la inquietud de la primavera que se alza mientras se hunde el mundo a nuestros pies. Pero un entierro cuando el sol es inclemente se convierte en brasa, como las piedras antiguas de la iglesia donde el miércoles oficiaron el funeral de un amigo. Exagero: un conocido. Hoy hablo de él no por el afán de convertir este espacio en un obituario. Era una persona que trabajaba en el servicio de mantenimiento de un pueblecito y no presentaba ninguna de las características que tenemos en cuenta para una escribir necrológica destacada. Era sencillo, discreto, normal. Eso sí: llevaba, todo el año, sin descanso, una gorra del Real Madrid que, en mi caso, empujaba más a la distancia que a la amistad. Hasta que le hablabas. Hasta que veías que aquello (aquella evidencia) no era sino un decorado. Se reía con un nieto que era del Barça y no apostaba por la inquietud sino por la placidez y la concordia. Hace un mes, me invitó a unas aceitunas que él mismo había macerado y a unos boquerones en vinagre que también había aliñado. Era un hombre bueno, como los «justos» de aquel poema de Borges, los que cultivan un jardín y prefieren que los otros tengan razón. «Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo». La bondad está pasando una mala época. Y es por eso que a él me refiero.