PROFUNDAS DESIGUALDADES EN EL MOTOR ECONÓMICO DE ÁFRICA

Miseria urbana. Un padre y sus dos hijos entre montañas de residuos en e vertedero de Devland. (JÚLIA BADENES)
 

En el vertedero surafricano

Cientos de familias que viven del reciclaje han construido su casa entre deshechos en Johanesburgo. Trabajan para grandes empresas del sector, sin contrato ni derechos

JÚLIA BADENES
JOHANESBURGO
 
Al mediodía ya van cargadísimos. Han empezado a trabajar antes que el sol. Las caras empapadas en sudor, los brazos tensos y las espaldas dobladas, casi en ángulo recto, dan fe del esfuerzo de estos hombres. Por eso aprovechan las bajadas para subirse sobre las carretas y deslizarse por el asfalto con un control absoluto del equilibrio a pesar de todo lo que llevan detrás. Cuando el saco está lleno puede pesar centenares de kilos, dependiendo de si llevan plásticos, latas o cartón. Pero más que el peso, son las distancias.
Cada día, ejércitos de hombres recorren durante horas las calles de Johanesburgo arrastrando sobre cuatro maderas con ruedas sacos enormes llenos de residuos. Rebuscan en las basuras de los barrios ricos para hacerse con todo aquello que puedan revender después. Son la prueba de las grandes desigualdades del país: aunque Sudáfrica es el motor económico del continente, la mitad de sus habitantes vive bajo el lindar de la pobreza, según el Banco Mundial. Es casi imposible circular por la principal ciudad del país y no cruzarse con alguno de ellos y sus carros.
Con matrícula y luces
El de Víctor hasta tiene matrícula y luces reflectantes. Así lo ven de lejos. Este hombre, inmigrante de Lesoto, es uno de los veteranos. «Hace ocho años que revuelvo contenedores. Hay días que camino 50 kilómetros». Lleva el carro lleno y está a punto de llegar al vertedero de Devland, donde, cada día, al final de la jornada, separa los deshechos que ha recogido. Millones de botellas, latas y vidrios se acumulan en un paisaje de montañas de residuos. Grupos de hombres y mujeres seleccionan lo que tiene más valor antes de pasarlo por la báscula para saber cuánto les pagaran.
«Una buena semana puedo ganar 500 rands (unos 50 euros), pero ahora está todo más difícil porque hay mucha más competencia. Han venido chicos nuevos» explica Víctor resignado. Todos trabajan para grandes empresas de reciclaje, sin contrato ni derechos. La conciencia ambiental en el país aún es muy mejorable y estos hombres han acabado en la práctica haciendo un trabajo necesario y ahorrándole dinero a la Administración. Según la Asociación de Gestores de Residuos de Sudáfrica (E-WASA) cerca de 50.000 personas viven en el país reciclando todo lo que encuentran en la basura. Empresas como Reclam hasta han instalado sin ningún rubor sus enormes contendores dentro del vertedero y solo los retiran una vez están llenos y correctamente separados.
Unos niños se acercan curiosos. Salen de una chabola de plástico. Detrás hay muchas más. El vertedero ha acabado convertido en una ciudad donde centenares de familias viven sin agua ni luz y, ahora que es el invierno austral, combaten el frío quemando plásticos. Es lo único que les sobra. Son extremadamente vulnerables y ninguna oenegé les ayuda. Los pequeños juegan entre ratas y vidrios y nunca han entrado en una escuela. Los padres van arriba y abajo arrastrando carros y desánimo.
Los abusos los golpean por todas partes. John es de los más jóvenes y teme a la policía. «Vienen de noche y nos roban todo lo que tenemos. A veces cuando llegan encuentran las casas vacías, porque los que no tienen papeles huyen cuando saben que están cerca» , explica mientras avanza a buen ritmo empujando su carro hacia la carretera.
John sale, una vez más, a llenar el saco. Le han atropellado dos veces. «No me hicieron mucho daño, pero destrozaron el carro y tuve que dejarlo tirado en la cuneta». .