
Bon Iver, durante su actuación de la noche del viernes en el Poble Espanyol. (JULIO CARBÓ)
Escalofríos en el Poble Espanyol
Bon Iver y su numerosa banda dieron una lección de inventiva y emoción
JUAN MANUEL FREIRE
BARCELONA
Aunque conocida por casar folk con electrónica, Beth Orton ofició como telonera en modo acústico, e intentó (sin demasiada suerte) acallar la conversación reinante en el Poble Espanyol con algunos de sus temas emblemáticos ( Concrete sky , coescrito con Johnny Marr, o She cries your name ) y avances del inminente Sugaring season (2012). Heredera del timbre vocal de Laura Nyro, su folk con vistas al pop clásico necesita, quizás, un contexto más íntimo.
No es el caso de Bon Iver. Si al Primavera Sound del 2008 vino en formato de trío, aquí fueron nueve músicos sobre el escenario, grupo salvaje pero sensible dispuesto a conducir el folk de For Emma, forever ago (2007) y las aventuras aéreas de Bon Iver (2012) a una dimensión sofisticadamente épica, en el marco de un escenario bajo el signo de la mística.
Pero la actuación comenzó con Justin Vernon, el jefe, a solas, armando concienzudamente el lamento alienígena de Woods a base de capas de voz auto-tuneadas. Llegó el escalofrío y, para buena parte del público, esa sensación no pareció irse hasta acabado el concierto. El primer corte con banda completa avisó que aquello iba a ser importante: Perth , apertura de Bon Iver , sonó incluso más compleja que en disco, sofisticada y líquida, su colisión de múltiples elementos (vientos, percusión, cuerdas, cada uno con su propia idiosincrasia) siempre lejos del pastiche o el empacho.
Hablar de Bon Iver como folk es, de hecho, ahora mismo, quedarse corto. Si lo de Quentin Tarantino es cine total, esto debe ser música total: Minnesota, WI casa un groove jamaicano con vientos como de los dioses del art-pop Talk Talk, una referencia repetida en Holocene , que desembocó en un paisaje ambient / free jazz. Bon Iver puede hacer eso y, acto seguido, sin inmutarse, convertir la recatada Blood bank en un himno indie rock a lo Built To Spill (o, a la altura del solo, Fleetwood Mac). Y en temas como Skinny love y re:stacks , que hizo a solas, a Vernon se le va el soul por la boca.
Todas estas piruetas no son ejercicios de estilo, sino caminos a la emoción. Vernon y (brillante) compañía, con mención especial para el percusionista Nate Brenner o el hombre orquesta S. Carey, parecen tirar por la ventana cualquier segundo de música que no equivalga al vértigo. El bis con The wolves (Act I & II) , coros del público incorporados, y For Emma fue el remate bigger than life a una noche para el recuerdo, quizá la mejor noche de música (no es hipérbole sin más) de este 2012. El escalofrío.