RELATO SIETE DÍAS EN EL BARCO DEL AMOR / 6 Y ÚLT IMO

(PERICO PASTOR)
 

Pídele que toque ‘Yesterday’

POR JORDI PUNTÍ
 
Siempre hay una mujer», dije yo.
–«Una mujer –repitió Sam Cortina–. Y una canción. Aunque en este caso viene a ser lo mismo. Ah, y no es un castigo ni una penitencia. Tal como yo lo veo, tocar el piano cada noche es una salvación. Mire, yo no soy un hombre de grandes ambiciones. Ya no. Hubo una época en que pensaba que me comería el mundo. En los años 80. En Las Vegas. Una noche vinieron unos tipos de una discográfica y me ofrecieron un contrato. El nuevo Burt Bacharach. Fama y dinero. Me puse a componer y la primera canción que me salió tenía el nombre de una mujer –en este punto hizo una pausa; en sus turbios ojos se traslucía la tormenta interior–. Primer error: hay muy pocas canciones con nombre de mujer que triunfen. Angie. Diana. Michelle. Quizás Aline. Y basta. El segundo error fue estrenarla en público. No le diré su nombre, no hace falta. La había ensayado con los compañeros de la orquesta del casino y sonaba muy bien. Una noche especialmente brillante (estas cosas se notan), la toqué a la hora de los bis. Estábamos en el Caesar’s, en el coliseo imperial. Ella no sabía nada, era una sorpresa. Mientras tocábamos, yo la buscaba con la mirada, en el lugar donde siempre se sentaba, pero no conseguía encontrarla. Imposible: entretanto ella estaba arriba, haciendo la maleta en la habitación, en el hotel del mismo casino, y se lo llevaba todo. Si hubiese prestado atención, mientras metía mi dinero en su bolsa tal vez me habría podido oír gritando su nombre y pregonando a los cuatro vientos mi amor por ella. Lo que sucede en Las Vegas…»
Volvió a callarse. La cabeza le daba vueltas y se agarraba a la barandilla para no caer.
–«La vida tiene estos misterios, Sam –fue lo único que pude responder–. Usted dice que no toca canciones suyas y que no puede componer, pero en cambio hace suyas las canciones ajenas.
–«Venga ya –dijo, y soltó una carcajada sarcástica. De repente había traspasado algún tipo de línea y ya no le salían las palabras de la boca–. No quiero aburrirlo más. Vamos, que la actuación debe continuar».
Le hice caso. Bajó la escalera cogido a mi hombro, trastabillándose, y cuando entramos en el bar saltaba a la vista que no se aguantaba derecho. El camarero salió a nuestro encuentro y me explicó que «aquel accidente» se producía de vez en cuando. A continuación me preguntó si podía acompañarlo a su camarote.
El camarote donde Sam Cortina había decidido enterrar sus días no era mucho mayor que el mío, incluso parecía más pequeño por culpa de los objetos que acumulaba en un desorden ordenado. Le quité los zapatos y lo tumbé en la cama, de lado, por si le venían ganas de vomitar. Al cabo de dos minutos ya roncaba. No quisiera ser indiscreto, pero me fijé que de las paredes colgaban unas cuantas fotografías dedicadas: entre ellas reconocí las de Liza Minnelli, Dean Martin y Sammy Davis Jr. saludando con el sombrero, y Petula Clark, que le enviaba muchos besos en la dedicatoria. En la mesilla de noche encontré un portarretratos con una foto en tecnicolor de una chica. Era una foto rota y vuelta a enganchar con sumo cuidado, como un puzle; la chica, que miraba a cámara con una adorable pose de pigmalión, se merecía que le escribiesen una canción.
A veces todavía pienso en la copa que Alva y yo ganamos en el campeonato de karaoke. Se la quedó ella. Era horrible, y yo la habría lanzado discretamente por la borda. Tal vez ella lo hizo, quién sabe. O quizá no, quizá la guardó como un recuerdo y ahora será un adorno sobre la chimenea de su casa sueca. Sus amigos la verán y leerán mi nombre, Maury , y después Alva les enseñará la foto de la cena y les explicará anécdotas del crucero, y el marido se esforzará por no alimentar sospechas.
En mi último día de viaje, cuando el barco puso proa hacia Barcelona, me reuní de nuevo con Alva. Cenamos en el restaurante más exclusivo del barco, a la luz de las velas y con un fondo de música de jazz. En algún momento le hablé de Sam Cortina. La Voz de Terciopelo, los Dedos de Claqué, el hombre solitario. Después de cenar la llevé al Rimini, pero Sam no estaba. En el atril, bajo su nombre, un cartel anunciaba que esa noche el pianista se hallaba indispuesto. Para resarcirnos de la decepción, Alva y yo nos revolcamos en un sofá hasta que los delfines del culo se quejaron de dolor. El camarero y los clientes asiduos de la barra me miraban con ojos incrédulos. Antes de despedirnos, hice que Alva me prometiera que una noche, cuando yo ya no estuviera, pasaría por el piano-bar y le pediría a Sam Cortina que le tocase Yesterday de mi parte.
A veces, cuando salgo de la ducha y estoy solo en el cuarto de baño, observó en el espejo el delfín que salta. Mi mujer sabe que me hice el tatuaje durante la semana absurda en el Wonderful Sirena. Entonces le propongo que hagamos un crucero por el Mediterráneo, pero ella me asegura que en su vida subirá a un barco con un nombre tan ridículo. Pese a todo, yo lo volvería a hacer; sería capaz de revivir ese purgatorio solo para hallar la respuesta a una pregunta que me hago a menudo: «¿Dónde debe de estar ahora mismo Sam Cortina?»


TRADUCIDO DEL CATALÁN POR PAULINO RODRÍGUEZ.
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