
Clientes fotografiando la nueva sede de Apple, ayer. Abajo, el interior de la tienda. (RICARD CUGAT)
Adorando la manzana
Cientos de personas hacen horas de cola para ser de las primeras en entrar en la nueva tienda de la empresa informática Apple en la plaza de Catalunya
CRISTINA SAVALL
BARCELONA
Como Messi entrando en el Camp Nou. Así se sentía Ray Cárdenas, estudiante de Bachillerato tecnológico del distrito de Sant Martí, ayer al ser el primero en cruzar la puerta de la nueva tienda tecnológica de Apple en la plaza de Catalunya, tras 20 horas de espera sin comer y sin dormir. Solo un botellín de agua y una ilusión desorbitada por encabezar esa impresionante cola que a las ocho de la mañana llegaba a la Gran Via.
«Ha sido único, irrepetible. Jamás me habían aclamado así. Casi me abrazan», declaró Cárdenas, tras pasar la noche a la intemperie acompañado de unas 30 personas que se convirtieron en centenares a partir de las seis de la mañana. Fue como pisar la alfombra roja. Aplausos, ovaciones, gritos, saltos, cantos, palmadas, vítores, constantes expresiones de alegría, cientos de fotos –cómo no, con iPhones– y varias cámaras de televisión siguiendo sus pasos. Menos pedirle autógrafos, no faltó nada para sentirse un héroe en el recibimiento que le brindaron los 300 empleados –la mayoría hombres menores de 30 años– que le hacían el pasillo en el vestíbulo.
A esa oleada de entusiasmo se unieron las aclamaciones de todos los que aguardaban en la calle el esperado momento de tener entre sus manos una de las camisetas de coleccionista que se regalaban a los primeros 4.000 visitantes. A mediodía ya no quedaba ninguna prenda de esta edición especial de color azul grisáceo con la pequeña manzana sobre el corazón coloreada por un trencadís de Gaudí, todo un guiño a la estética modernista del paseo de Gràcia. Habrían desaparecido antes de no ser por las medidas de seguridad tomadas en el acceso para evitar incidentes, sobre todo avalanchas.
«¡Sí, sí, sí. Apple ya está aquí!», «No pares, sigue, sigue», «Olelé, olalá, este Apple Store, el mejor que hay», canturreaban clientes y vendedores en una euforia colectiva propia de un partido de fútbol. Dos empleados llevaban el pelo teñido del mismo azul de las camisetas, una adolescente protegía con un abrazo a su aturdida mascota, un hurón, y un cliente alzaba los brazos para exhibir la leyenda imprimida en su pecho: «Steve Jobs live», en alusión al fundador de Apple, el genio que revolucionó la informática, fallecido en el 2011 a los 56 años.
NINGUNA DECLARACIÓN // Las estrictas normas de la compañía impiden a los empleados hacer declaraciones. La confidencialidad es absoluta, pero eso no evita presenciar escenas como la de una abuela que hizo cola para abrazar al primogénito de su hijo en su primer día de trabajo. «Eso sí que es una hazaña», decía con orgullo la señora que prefirió no decir su nombre para no poner a su nieto en un compromiso.
The New York Times publicó en junio que los ingresos medios que la compañía obtuvo en el 2011 por cada empleado de las Apple Store (incluidos aquellos que no se dedican a vender) fue de 383.887 euros. Nada que ver con el salario medio de estos trabajadores, que ronda los 25.000 dólares (20.290 euros) en EEUU. El artículo asegura que Apple paga salarios bajos a universitarios que tienen idealizada la empresa. Cualquier pregunta sobre sueldos, horas extras o condiciones de trabajo se ataja con una única respuesta: «Estoy muy contento de estar aquí».
Los turistas que caminaban por la otra orilla del paseo de Gràcia no entendían qué era tal griterío. «¿Qué han desayunado? Yo quiero lo mismo», preguntaba con ironía una señora inglesa que arrastraba su maleta bajo un sol de los que derriten en 30 segundos un helado. A parte de los saltos y cantos, lo que más sorprendía era la cantidad de personas que fotografiaban lo que sucedía en la tienda desde los grandes ventanales. A las once de la mañana, el tiempo de espera de la cola era de dos horas, situación que mejoró en el transcurso de un día en el que, según cálculos de la empresa, se alcanzaron los 15.000 visitantes previstos.
Entre ellos algunos no esperados, como trabajadores de Movistar que se plantaron ante la tienda con fotos de Iñaki Urdangarin, consejero de Telefónica imputado en el caso Nóos , y un empleado despedido «por bajas médicas justificadas». En la pancarta se leía: «Este despido y esta renovación son impresentables».

(RICARD CUGAT)