MIRADOR

El pulso con Alemania

CARLES
PASTOR
 
Desengáñense: el Gobierno español, ahora el de Mariano Rajoy, antes el de José Luis Rodríguez Zapatero, no tiene instrumentos propios para salir de la crisis. Puede recortar mejor o peor, puede ser muy o solo algo injusto con las medidas de ajuste y ahorro, pero no puede impulsar medidas de crecimiento que reduzcan el altísimo paro, que es el principal problema. Ya lo ha reconocido Rajoy en un arranque de cínica sinceridad: hace lo que le mandan. Zapatero también hincó la rodilla en mayo del 2010.
Solo el conjunto de Europa, y en particular su núcleo duro en torno a Alemania, tiene en sus manos los fondos necesarios para impulsar políticas de crecimiento que ayuden a España y al resto de países del sur a salir del agujero. El Banco Central Europeo puede aliviar la presión sobre la deuda española e italiana, pero para poner en marcha la economía hay que invertir y permitir una mayor inflación en la zona euro.
Pero ese núcleo duro sigue apostando por la «austeridad expansiva», según la cual debe contraerse la economía hasta que los inversores recuperen la confianza y vuelva a fluir el dinero, una doctrina que se alimenta de la ideología de la derecha de que el mercado debe regularse por sí mismo, la inflación es mala y es pecado que el Estado invierta cuando falla el capital privado.
Los europeos del norte prefieren pensar que la crisis la ha provocado el excesivo endeudamiento público de los países del sur. Les resulta cómodo vincular la crisis a una inevitable penitencia por los pecados de los despilfarradores españoles o portugueses, y juzgar el dolor provocado por el paro y los recortes sociales como una purga inevitable. ¡Como si no tuvieran nada que ver los errores e incongruencias con los que se puso en marcha el euro! ¡Como si sus bancos no hubieran hecho negocio prestando al sur! Y no, no es solo una cuestión de ideología: esa política responde también al interés de los acreedores de salvaguardar el valor de sus títulos de crédito.
El combate, por tanto, debe plantearse más allá de nuestras fronteras. El Gobierno debe insistir en la incipiente alianza con Italia y Francia para hacer frente a Alemania y sus satélites en el terreno diplomático. Y desde la llamada sociedad, preguntarnos si no ha llegado la hora de reequilibrar la balanza comercial con Alemania u Holanda, buscando alternativas a la adquisición de productos made in Germany en otros países más amables.
Porque los automóviles franceses o japoneses también funcionan, los electrodomésticos coreanos no están nada mal y el queso griego es excelente. Deberíamos hacer como el policía protagonista de las novelas del griego Petros Márkaris, que opta por comprarse un Seat Ibiza en solidaridad con España.