LONDRES 2012

Espectáculo de danza y bailes durante la ceremonia de apertura del viernes. (REUTERS / MIKE BLAKE)
 

El pop que dominó el mundo

AL REINO UNIDO LO HUMILLAN en Eurovisión, pero su poderío musical es abrumador

JORDI
BIANCIOTTO
 
De acuerdo, el Reino Unido es apaleado y humillado cada año en Eurovisión (en el 2012, el pobre Engelbert Humperdinck quedó en la 25ª plaza de 26 participantes), en buena medida porque, a diferencia de los países balcánicos o exsoviéticos, carece de vecinos amistosos con los que intercambiar votos sin freno. Pero, ¿a que Bosnia-Herzegovina o Bielorrusia renunciarían sin titubear a una victoria en el festival a cambio de haber engendrado tan solo una centésima parte del star system musical del que puede presumir Gran Bretaña?
La gala olímpica fue una oportunidad para que el país sacara pecho y recordara que la música pop es un invento suyo y parte de aquella British invasion que, a mediados de los 60, tomó el mercado americano y medio planeta. Un baño de autoestima conveniente para los británicos, que, desde los 90, se han visto superados por Estados Unidos como primera potencia del ramo pese a que Tony Blair hizo lo que pudo para que el Brit-pop de Oasis y Blur consumara su plan de dominación mundial.
Inventores de tendencias
Los guiños a la cultura pop británica fueron continuos desde el arranque de la gala: del cerdo de Pink Floyd sobrevolando la central eléctrica de Battersea a los ecos de God save the Queen , de Sex Pistols (evitando las estrofas que aluden al «régimen fascista» de su majestad) y de Eric Clapton ( Wonderful tonight ) a New Order ( Blue monday ), surcando escenas y movimientos, y recordando que el Reino Unido jugó un liderazgo mundial, solo ocasionalmente disputado con Estados Unidos, en géneros como el glam rock, el rock progresivo, el hard rock, el punk, la new wave, el electro-pop y el techno. De los Kinks a Underworld. De The Who a Blur. Y con figuras singulares que trascienden las fronteras de los géneros musicales, como David Bowie o Queen.
Reforzando esa banda sonora apabullante, tres presencias. Mike Oldfield, autor de un disco, Tubular bells , de discutible gigantismo, aunque su épica dio juego en una ceremonia donde la grandiosidad formaba parte del guion. Arctic Monkeys dieron un necesario toque de juventud y tendieron el puente con la historia en su ruidosa adaptación de Come together , de los Beatles. Y Paul McCartney encarnó la nobleza popcon su carta más segura, ese Hey Jude idóneo para los estadios, como el de Wembley en el Live Aid (1985).
¿Ausencias? Elton John, muy extraña. ¿Venganza real por su homenaje a la non grata Lady Di en Candle in the wind ? Más bien se debe, al menos según la versión oficial, a la voluntad de no repetir nombres con el reciente Jubilee Concert, por lo cual tampoco fueron vistos ni oídos Tom Jones, ni Cliff Richard, ni Robbie Williams. Y la ceremonia desaprovechó la oportunidad de mostrar al Reino Unido como pionera en la multiculturalidad. Sí, Bob Marley era jamaicano, pero quizá no habría pasado del estatus de entrañable trovador local si no se hubiera afincado en Londres y fichado por Island.
La dirección de la gala sabía que con cada canción, con cada estribillo lanzado al éter del estadio de Stratford, removía recuerdos y emociones de millones de espectadores sin ni siquiera necesidad de entender las letras. El Reino Unido ha dispuesto durante décadas de ese poder. Entérense, jurados eurovisivos de países que no respetan ni la tradición, ni la historia, ni nada.