
Representación de los ‘101 Dálmatas’ durante la apertura de los Juegos Olímpicos. (AFP PHOTO / MARK RALSTON)
Inglaterra en un escenario
James bond, Mary Poppins y Mr. Bean sobresalen en una ceremonia de fantasía cultural
Los Juegos Olímpicos de Londres no son los primeros en confiar la ceremonia de inauguración a un cineasta célebre. Los anteriores juegos, los de Pekín-2008, contaron con Zhang Yimou como responsable del equipo que diseñó la ceremonia. El Yimou del 2008 no era el director intimista de La linterna roja, sino que ya había firmado coreográficas películas de artes marciales como La casa de las dagas voladoras, así que el espectáculo (danzas, percusiones, fuegos artificiales, juncos, trajes étnicos) estuvo en la misma sintonía.
Pero el máximo referente en este sentido es el Manuel Huerga de los JJOO de Barcelona, un artista visual entonces (más que un director narrativo) aupado con propuestas televisivas tan avanzadas como el programa Arsenal que, sin embargo, supo establecer una narración (la narración de la cultura mediterránea) fundiendo todo tipo de artes escénicas y dotándolas de un sugerente montaje cinematográfico.
Esta ha sido la intención de Danny Boyle al afrontar, en calidad de director artístico, la ceremonia inaugural. A diferencia de otros referentes del cine británico actual (Mike Leigh, Stephen Frears, Terence Davies, Steve McQueen), todos ellos de acento mucho más intimista, Boyle combina bien la experimentación con el mainstream, los fuegos de artificio con la tragedia, como ha demostrado en Trainspotting, La playa o Slumdog millionaire.
Amplio conocedor de la cultura popular de su país --cultura que por otro lado ha dinamitado en algunas de sus películas–, a Boyle no le tembló el pulso al unir a la reina de Inglaterra con James Bond, mejor dicho, con el último Bond, el actor Daniel Craig. ¿Un detalle irónico, perverso? No se olvide que las siglas 007 significan que el agente tiene licencia para matar al servicio de su majestad la reina.
Junto a Bond, el mejor símbolo de la cultura popular británica que diría Umberto Eco, aparecieron en la ceremonia Mary Poppins, otro icono popular inglés; y el Kenneth Branagh más shakesperiano; y Rowan Atkinson en su célebre personaje-pantomima, Míster Bean, riéndose además de la música de Carros de fuego, uno de los mayores éxitos del cine británico; y hasta Paul McCartney, que es Sir y estrella musical, pero también ha hecho cine.
De esta manera, como en los juegos barceloneses de 1992, Boyle estableció otro relato, bien distinto en lo temático y en lo estético, el de los cambios y transformaciones desde la revolución industrial, contando con la mitad del presupuesto de la ceremonia de Pekín pero con un aparato tecnológico de notable envergadura. Uno de los éxitos de la propuesta de Boyle fue que, como en sus filmes, experimentó (la luz de los aros olímpicos) al mismo tiempo que utilizó los elementos más mainstream que un acontecimiento de este tipo conlleva.
La elección de Boyle como responsable de la ceremonia fue coherente, más allá de los excesos y aspectos fallidos del montaje. Si era cuestión de exportar la mejor imagen británica (no solo cine, también series de televisión, música, teatro, sanidad o cuentos infantiles), el cineasta salió más que airoso, entre lo súblime, que lo hubo, y lo hortera, que también apareció.