ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE. ANDRÉ GLUCKSMANN / 5

(MIRTA ARIGORIA)
 

Filósofo junto a la chimenea

RAMÓN
DE ESPAÑA
 
A finales de los años 80, yo trabajaba para una revista madrileña que se empezó a hundir desde el número uno y aprovechaba la más mínima ocasión para salir por piernas de la redacción, donde se respiraba un clima asaz ponzoñoso. Fue así cómo me dejé enviar a París para entrevistar al filósofo André Glucksmann (Boulogne-Billancourt, 1937), a quien siempre había considerado un pelmazo y un cantamañanas y del que no había leído prácticamente nada. No sé si fue por la influencia del dibujante de tebeos Gerard Lauzier y sus certeras farsas antiprogres, pero todos esos señoritos intelectuales de Mayo del 68 se me antojaban bastante ridículos, aunque no tan peligrosos como los ideólogos de la revista Tel Quel , a los que responsabilizo personalmente de la existencia de varias generaciones de tontos solemnes.
Mientras caminaba hacia el piso del señor Glucksmann, en la agradable compañía del fotógrafo Jean-Marie del Moral, un hijo de exiliados españoles que en esa época era el retratista oficial de Miquel Barceló –con el que acabó a la greña, como todo el mundo–, me disponía a encajar una brasa notable, pero nada me había preparado para lo que me esperaba: yo iba a ver al típico plomo francés y me encontré con un loco. Se me empezó a subir la mostaza a la nariz (perdón por el galicismo) cuando se abre la puerta y aparece el célebre maître a penser envuelto en un batín raído, me dedica una mirada severa y me espeta:
–No me había dicho usted que venía con un fotógrafo.
–Bueno…–me defendí–. Es lo habitual en las entrevistas, señor Glucksmann.
Adoptando una expresión fatalista, nos dejó pasar mientras decía:
–Vaya por Dios. Ahora voy a tener que vestirme. Bueno, espérenme en el salón.

Una dama y un violonchelo

De camino hacia ahí, vimos a una señora de larga melena que tocaba el violonchelo en una recámara adjunta, pero nuestro anfitrión no hizo el menor ademán de presentárnosla. Nos sentamos en el sofá, cruzando miradas de estupor y reprimiendo el ataque de risa, hasta que nuestro hombre reapareció disfrazado de Andy Warhol (aunque a mí me recordaba más a Antoine, aquel cantante absurdo de los 60 que la revista Salut les copains pretendía vendernos como el Dylan francés): blazer cruzado, camisa, corbata, tejanos y botas puntiagudas. Se había peinado ese casco que tenía por cabellera, dejándose, como de costumbre, el flequillo sobre los ojos, y estaba dispuesto a hablar. Aunque no a sentarse, pues se acodó en la chimenea con toda su nonchalance y me obligó a hacer lo propio. Por consiguiente, la brasa tuvo lugar de pie y fue exactamente cómo me la había imaginado: altiva, pomposa y deliberadamente incomprensible. Menos mal que lo estaba grabando todo: eso me permitiría transcribir posteriormente las crípticas respuestas a unas preguntas que, pese a salir de mi caletre, ni yo mismo entendía muy bien. Le agradecí, eso sí, su largo monólogo sobre el conde de Saint Simon (París, 1760-1825), precursor del socialismo cuya influencia llegó hasta el mismísimo Karl Marx, que siempre me había parecido un personaje de gran interés.
Como todos los grandes artistas, Glucksmann reservaba lo mejor para el final. Cuando vio que me apartaba para que Jean-Marie lo inmortalizase, me miró con cierto rencor y me dijo:
–¿Qué pasa? ¿Le he ofendido en algo? ¿Por qué no quiere fotografiarse a mi lado?
Le di una respuesta en la misma línea de la pronunciada nada más llegar – c’est pas l’habitude, Monsieur Glucksmann– y, en cuanto pudimos, el bueno de Jean-Marie y yo salimos corriendo hacia el bar más cercano.


Y MAÑANA: 6. La baronesa y coleccionista de arte Carmen Thyssen.