MIRADOR
‘San Ernest Bueno, mártir’

JOAQUIM
COLL
¿Encarna Ernest Maragall el santón demócrata, el diputado rebelde frente al tiránico aparato de su partido? Sinceramente, me parece que no. Es, más bien, el caso del político demasiado seguro de sí mismo, que se cree por encima del bien y el mal. Recuerdo el tsunami que desencadenó en febrero del 2010, cuando, siendo conseller de Educació del Govern de José Montilla, publicó un artículo en un medio de comunicación rematadamente hostil al tripartito afirmando que el Ejecutivo del que formaba parte no tenía proyecto de país.
CiU se fregó las manos y tuvo munición con la que disparar durante unas cuantas semanas. Lo lógico hubiera sido el cese fulminante del conseller, pero Montilla no se atrevió a tanto por tratarse del hermano de su antecesor. Y Maragall, por su parte, no tuvo tampoco la dignidad de dimitir, aun sabiendo del enorme daño que había perpetrado a un Ejecutivo que ya estaba en horas bajas.
Así pues, la cosa quedó en nada, en una escena de sofá en Palau: Montilla con cara de reproche y el otro disimulando alguna que otra risita nerviosa. Lo más extraordinario es que dicho comportamiento, absolutamente desleal desde todo punto de vista, tuvo premio meses después cuando el PSC confeccionó la lista al Parlament. Y eso que la gestión del conseller no había sido muy lúcida que digamos, mostrando una carencia absoluta de mano izquierda para dialogar con los sindicatos. Mientras Pasqual Maragall tuvo el acierto de enarbolar la bandera «educación, educación, educación» en su primera campaña a la Generalitat, a su hermano le corresponde el mérito de haber logrado el enfado mayúsculo de los docentes con el PSC.
En la novela San Manuel Bueno, mártir, que muchos leímos en bachillerato, el personaje de Unamuno opta por la felicidad ilusoria frente a la verdad trágica de la vida. El caso de Maragall es muy simple: votó a favor del concierto económico sabiendo que su actitud trascendería lo particular para trasladarse a un debate interno y externo. No es un tema de conciencia, sino de estrategia de los sectores del PSC que suscriben postulados confederales, impregnados de retórica soberanista y escarceos independentistas. La verdad trágica es que esas tesis, hoy por hoy, no tienen cabida en el socialismo catalán, si de verdad creemos las resoluciones aprobadas en su último congreso. La felicidad ilusoria de Maragall es que cree así resuelto el problema de su salvación patriótica.
Me parece que vamos a asistir durante meses al tontorrón juego del ratón y el gato. El disidente no querrá marcharse, sino que lo echen, mientras que la dirección evitará a toda costa expulsarle, intentando que se vaya solo, pues temen que, de lo contrario, acaben por convertirlo en San Ernest Bueno, mártir.