LONDRES 2012

(AFP / JOHN MACDOUGALL)
El campeón global
USAIN BOLT, UN HéROE NACIONAL en jamaica, se ha erigido en un estímulo para los atletas de los países hasta ahora ninguneados

GERARDO
PRIETO
Cada campeonísimo lleva implícito en sus éxitos el signo de la época. Jesse Owens, el verdugo deportivo de la supuesta superioridad nacionalsocialista alemana, representó como ningún otro atleta en ese momento el ansia de libertad del negro americano y por extensión el despertar de una raza humillada hasta la infamia. Carl Lewis y sus cuatro oros en Los Ángeles-84 culminaron aquella pequeña revolución que Owens inició en el estadio olímpico de Berlín en 1936 y que John Carlos y Tommie Smith prolongaron levantando su desafiante puño black power en los Juegos de México, un año antes de que el hombre pisara la Luna en 1969.
A Owens lo sancionaron por exhibirse corriendo contra los caballos por un puñado de dólares. A Carlos y Smith los expulsaron de la Villa Olímpica y de su comité olímpico nacional. Tardaron años en poder encontrar un trabajo digno y el reconocimiento de su país les llegó después de una vida llena de penurias y desgracias. A Carl Lewis le apartaron temporalmente del equipo estadounidense por intentar ser el primer atleta profesional de la historia, cosa que finalmente consiguió.
Los nuevos tiempos
Usaín Bolt representa el poder emergente de los países que aspiran también a la gloria deportiva gracias a la globalización de un deporte cuyo medallero se repartían, sobre todo en las pruebas de velocidad, Estados Unidos y Canadá. Don Quarrie, Linford Christie, Donovan Bailey, campeones olímpicos y jamaicanos de origen, tuvieron que emigrar, ellos o sus familias, a Estados Unidos, Canadá o Gran Bretaña para poder desarrollar sus respectivas carreras deportivas, representando en la mayoría de los casos a los países que les acogían.
Usaín Bolt, Yohan Blake o Verónica Campbell ya no necesitan moverse de su casa para ser los mejores. El trío de jamaicanos que copó los tres primeros puestos en la final de 200, con Bolt, Blake y Warren Weir, dejando al estadounidense Wallace Spearmon (cuarto) fuera del podio es toda una metáfora de los tiempos que vienen. El cambio es tan significativo que el resto de pequeños países caribeños o antillanos han seguido su ejemplo y gracias a ello una pequeña isla de 90.000 habitantes como Granada figura con un oro en el medallero de Londres 2012 gracias al cuatrocentista Kirani James.
Bolt es un héroe en un país independizado hace tan solo 50 años, un David capaz de tumbar deportivamente a los gigantes de antaño, y quizás por ello aun más admirado. Pero hay algo más en Bolt que transciende al fenómeno sociodeportivo que representa. Nunca un atleta dio tal sensación de moverse con tanta libertad dentro y fuera de la pista, de pasarlo tan bien y contagiárselo a los demás.
La imagen que teníamos de los semidioses del estadio es la de la entrega absoluta a lo que hacen, del ejercicio diario hasta la extenuación, de la vida espartana de monje y soldado a la vez. Solo explotaban cuando conseguían lo que con tanto ahínco buscaban. Bolt bromea y sonríe hasta el disparo de salida, o cuelga en su twitter una foto celebrando su triunfo en los 100 metros con tres balonmanistas suecas. Se siente bien y se siente libre para hacerlo. Misión cumplida. Gracias Jesse, John, Tommie, Carl.