GENTE CORRIENTE

Rosario Auñón. (JOSEP GARCIA)
 

Rosario Auñón: «A algunos les diría: ‘Deixa donar corda al català’»

Argentina en Malgrat de Mar. Llegó de un país que es –dice– «un cóctel de culturas, y todas europeas».

CARME
ESCALES
 
Diez meses después de que lo hiciera su marido, Rosario voló desde Buenos Aires a Barcelona. Era abril del 2003 y traía con ella a sus dos hijos mayores, Julián, de 3 años, y Mateo, de uno, que junto a la pequeña Lara –nació en Catalunya hace dos años y medio– han facilitado la integración de esta pareja argentina que tomó la decisión de esquivar el corralito emigrando a España.

–¿De qué modo les han ayudado sus hijos a integrarse?
–Los niños son un punto de conexión fundamental con un nuevo entorno, sobre todo por la escuela. Cuando llegué, como no tenía trabajo, me involucré mucho en el AMPA. Era coordinadora de monitores extraescolares. Pero, en el parque o en cualquier lugar, los niños te acercan a otras personas. Una de mis buenas amistades aquí, Inés, surgió cuando nos encontramos, un mes de junio, solas cada una con un hijo de la misma edad en la piscina del apartamento donde residimos al llegar. Enseguida congeniamos, pero el punto de encuentro fueron nuestros hijos.

–¿Vida de turista solo aterrizar?
–Sí, yo estaba encantada. Como recién llegados, aquello era un lujo para nosotros. Un amigo de mi marido nos prestó su apartamento de veraneo en Malgrat de Mar, para que viviéramos en él el resto del año. Estábamos frente a la playa y teníamos pista de tenis. Pero después de tres veranos de coger todo y mudarnos para liberar el apartamento, nos cambiamos a otro.

–También en Malgrat de Mar.
–Claro. Aquí los niños ya estaban inscritos en la escuela y tenían a sus amigos. Además, Malgrat es como Trenque Lauquen [provincia de Buenos Aires], la ciudad donde nacimos Alejandro, mi marido, y yo. Malgrat es para Barcelona lo que Trenque Lauquen para Buenos Aires.

–¿Y no le ha intrigado nunca saber cómo viviría en Barcelona?
–¡¡Sí!! A mí me hubiera gustado vivir en Barcelona, es una ciudad que me encanta. Es mucho más moderada que Buenos Aires, que tiene un punto de monstruo. En Barcelona puedes escuchar tantas lenguas diferentes y puedes hacer un montón de cosas. Desde Malgrat veo en Barcelona una ciudad abierta las 24 horas del día. Pero cuando vinimos de Buenos Aires nos apeteció el cambio a una vida más tranquila. En la capital de Argentina no puedes ir a ningún sitio en bicicleta o en metro. En Malgrat, mis hijos van a la escuela en bici. Y en invierno podemos ir a jugar y a comer a la playa. Y los niños aquí son más independientes.

–Y a Argentina, ¿regresaría?
–Volvería, si tuviera dinero suficiente para emprender un proyecto laboral. Si no pudiera volver mejor de lo que me vine, no volvería. No quisiera sentirme inmigrante, de nuevo, pero es mi país, del que añoro a la familia, amigos y alguna comida típica.

–¿Qué representa para sus hijos tener doble nacionalidad?
–Se les abren muchísimas puertas, en España y en Europa. Pienso, por ejemplo, en las becas a las que podrán acceder. Y tendrán una visión del mundo totalmente diferente, han visto América y Europa. Ellos ya serán siempre de aquí, pero mi marido y yo siempre seremos de fuera por más que pasen los años. Y no lo digo con tristeza. Yo me siento de allí y de aquí y, para la gente de aquí somos inmigrantes. Aunque una vez alguien me dijera: ‘No, ustedes los argentinos no son inmigrantes’.

–Esa afirmación denota que hay quien establece categorías de inmigrantes... ¿Qué le respondió?
–Le dije que sí lo soy. Eso no quita que me haya sentido bien acogida. Pero siempre hay algo que te recuerda que no eres de aquí. Yo me apunté a clases de catalán, tenía que ir en tren a Blanes, dejar a los niños con alguien, estudiar y esforzarme. Me hacía muchísima ilusión poderlo practicar en la calle, pero muchos, al oír mi acento, me cambian de lengua. Me enfado mucho cuando me lo hacen. Sobre todo si es en sitios oficiales. A algunos les diría: ‘Deixa donar corda al català’ .

–Pero ¿el balance de su vida aquí es positivo?
–Mucho. Yo en Buenos Aires trabajaba de secretaria en un estudio jurídico, pero mi marido tenía poco trabajo. Aquí, yo soy recepcionista en un cámping todo el verano, y él se especializó en estucado veneciano y le va muy bien. Ha trabajado en el Museo del Prado e, incluso, ha podido cambiar de empresa.

–¿Hay algo que eche en falta aquí?
–Hay un aspecto en el que creo que aquí no se ha evolucionado. La psicología es aún un gran tabú. Aquí la gente no se para a analizar nada. Si te conoces bien, puedes mejorar.