EL HOSTAL DE LA LUNA / 5

(IMAPLA)
La noche en que la cuerda se rompió
Aunque se me achicharre la lengua, yo no suelto prenda. Soy de los que se amarran los secretos al fondo de las tripas, y el Pere lo sabía muy bien. Poco después de confesarme que había visto al Ratafía besándose con la Brigitte en el banco más escondido de la plaza, me hizo otra confidencia.
— Al teu germà, ni mitja paraula. ¿Em sents?
— No fotis, Pere. Ja saps que no.
—Resulta que en Ratafia...
—¿Qué le pasa ahora al señorito?
—Que plega.
Di un trago al botellín de cerveza, que de golpe me supo a purga, a pis desbravado. A premonición.
—Diu que se’n va a la mili quan li toqui, en la pròxima lleva —escupió el Pere de sopetón. Estábamos sentados a una de las mesas de mármol de Cal Garrell, y debía de ser una hora tonta, de siesta y moscas, porque no había más parroquia. Ni siquiera habían comenzado las partidas de manilla .
La cabeza engendra barbaridades de las que luego se arrepiente, y en aquel momento me dio por figurarme al Ratafía con el petate, el cetme y sudando como un perro bajo el sol cafre de Melilla, porque seguro que lo enviaban al moro o a las Canarias. Entonces, en el año 79, los reclutas catalanes —los charnegos de extrarradio y cercanías, también— acabábamos haciendo el servicio militar fuera de la península. El maldito bombo se había conchabado con los militares: los polacos, cuanto más lejos de casa, mejor.
—Es veu que ja no en pot demanar més de pròrrogues. I a sobre el pare el colla. Que això de fer de comediant no va enlloc, diu.
El Ratafía estaba acabando los estudios para médico, como su padre, y se conoce que el viejo lo machacaba para que desistiera de tanta música y sandeces. No pude evitar cierto regocijo: ya no me reprendería más, ni sus ojos, tras las gafitas de listo, me taladrarían si alguna vez perdía el compás. Y me regodeé imaginándomelo puteado por un sargento con barba de chivo que gritaba a toda la compañía: «Al último le voy a meter un puro que se va a enterar». Solo fue un relámpago; en seguida me retracté al pensar que le cortarían aquel pelo suyo tan limpio y bonito, la coleta de las regañinas, y sentí el hielo de las tijeras en la nunca, chas, chas, chas. Pobre tío.
—Y entonces, si el Ratafía se va… —no quise acabar la frase.
Guardamos silencio. Tanto el Pere como yo sabíamos que si el Rata y sus teclados abandonaban el barco, Els Xaloc se irían al garete, cuesta abajo en la rodada, sanseacabó. Bueno, si mi hermano Paco desertaba, también nos quedábamos cojos, pero algo menos.
Sin comerlo ni beberlo, me había caído encima una hartada de responsabilidades: vigilar de cerca a la Brigitte, rubia y escurridiza, a ver cuánto se arrimaba al Ratafía; celar a mi hermano para que no se encaprichase demasiado con la niña; mantener la boca cerrada y, encima, sacudir los timbales como un mono adiestrado. Coordinación, velocidad, resistencia. Seguíamos matándonos a ensayos porque habíamos decidido presentarnos al concurso de la radio, aunque yo no acababa de entenderlo. De sonar la flauta y ganar el premio, ¿qué sentido tendría grabar la maqueta de un disco si el Ratafía planeaba largarse? ¿Para qué? ¿Qué sería de nosotros huérfanos?
—Nosaltres no n’hem de fer res, Iron —repetía el Pere—. Tu, mutis i a la gàbia.
La final se convocó para mediados de septiembre en una sala de fiestas de Figueres que se llamaba Pipo’s, con un cartel en la puerta que decía Discothèque, así, a la francesa. Un garito muy apañado, con moqueta roja y taburetes blancos, juegos de luces, una barra en forma de ese y una bola de espejitos, enorme como una luna llena, sobre la pista de baile. Nos pusieron un camerino y todo, y sándwiches de pan Bimbo para que nos entretuviésemos hasta la hora de la gala. De entre los grupos que habían llegado al remate, solo los Onyx podían hacernos sombra. Eran buenos los tíos, un poco pijos, pero acertados. Los Onyx contra Els Xaloc, Beatles contra Stones. Yo estrenaba unas muñequeras de tenista azules.
La tragedia —es un decir— se abalanzó sobre nosotros cuando acometíamos la segunda de las canciones con que concursábamos.
De repente, mi hermano se aturulló; el Pere, que se dio cuenta, también perdió pie, y yo… Bueno, en realidad la única que mantuvo el tipo fue la Brigitte, que continuó con la acústica sin extraviar un solo acorde desde el preciso instante en que percibimos que al Paco se le había roto una cuerda de la Gibson, la primera, a la altura del puente. La del mi agudo, la que siempre se jode.
Nos recompusimos como pudimos, e incluso el Paco, con la cara blanca, intentó un slide . Yo, que no le quitaba ojo, observé que uno de los extremos de la cuerda rota, un alambre de níquel que parecía haberse vuelto loco, se le clavaba una y otra vez en la mano derecha. Aunque sangraba un poco, mi hermano no dejó de tocar.
Nada, ni un premio de consolación; quedamos en segundo lugar, a un tris de la gloria. A veces pienso que el Paco y yo nacimos para segundones, para actores de reparto en una película mala.
El resto lo recuerdo en una nebulosa, como si me faltara algún eslabón. Nos veo a los cinco en la calle, junto a la puerta trasera del Pipo’s, con los bártulos cargados en el Renault-8, en medio de un silencio incómodo y el humo del porro que había rulado el Pere para que nos relajásemos. Creo que fue la Brigitte quien propuso un chapuzón en la playa, que nos haría bien, que no pasaba nada, que otro año sería, que por lo menos lo habíamos intentado. Le puso empeño y linimento, la chavala. Y así fue como enfilamos hacia Cadaqués.
La noche aún no había terminado.
Y MAÑANA: 6. El sexto y último capítulo: El sabor de tantos finales