GENTE CORRIENTE

Nikos Abavis. (ELISENDA PONS)
Nikos Abavis: «Hay cierta falta de amor propio en los catalanes»
Economista. Vicepresidente de la Comunidad Griega de Catalunya. Afincado en Barcelona desde 1995.

OLGA
MERINO
La historia comenzó en la Universidad de Cardiff, donde el entrevistado cursaba un máster en Administración de Empresas (MBA) y acabó prendándose de una catalana que hacía el doctorado en lenguas.
–Grecia, la cuna de Europa, su esencia, hecha polvo… ¿No les apena?
—Sí, pero también tenemos que ser sinceros. No se les puede echar la culpa a los alemanes: el problema se ha creado en Grecia.
—¿El pecado capital de su país?
—Pues que no ha habido confianza en el Estado, convertido en un artefacto en manos de partidos y sindicatos. Cada uno montaba una estructura diferente sin tocar a los del otro. Una situación insostenible.
—¿Qué le ha molestado más escuchar acerca de los griegos?
—¡En los últimos dos años, muchas cosas! La gente que entiende un poco de economía sabe que España estuvo dos veces a punto de ser rescatada; ahora ya es la tercera. Y parecía que la culpa era de los griegos.
—A ustedes les han atizado más. Un periódico alemán tituló: Vended vuestras islas, griegos arruinados .
—Para el Financial Times y The Economist , los países sureños somos los pigs (cerdos, en inglés). Y recuerdo que, antes del verano pasado, aquí se hablaba de brotes verdes y se decía: «Ya no somos cerdos». Es humano el deseo de no querer que te asocien a los piojosos.
—La matraca era: los griegos no pegan golpe, la mitad son funcionarios y han dilapidado el dinero.
—Pero sin datos. Poca gente conoce, por ejemplo, que Noruega, un país de 5 millones, tiene el mismo número de funcionarios que Grecia, con el doble de habitantes. Grecia mira ahora a España y dice: no somos los únicos que lo hemos hecho mal.
—¿Qué le dice su familia de Grecia?
—Están viviendo con mucha incertidumbre. Mi hermano, desde el 2009 para acá, ha perdido el 50% de sus ingresos; mi padre, el 30% de su jubilación; mi hermana, que es funcionaria, cerca del 40% de su salario. La suerte es que allí ayuda mucho el colchón familiar. También les salvan los ahorros, el hecho de que no están endeudados, porque no hubo boom del ladrillo, y la economía sumergida. Mi hermano también trabaja en negro los fines de semana.
—Ilusión no hay, pues.
—En absoluto. Para Grecia no hay solución en los próximos 30 años. Son dos generaciones perdidas.
—¿Cómo son ustedes?
—Alegres, optimistas, también capaces de grandes tristezas y bastante individualistas.
—¿Por dónde pasa la nostalgia para un griego?
—Por algo tan sencillo como una canción, un olor que te recuerde un momento de la infancia... Tengo la impresión de que el cielo de mi país es mucho más azul que aquí. También siento mucha nostalgia del mar; aquel es un Mediterráneo diferente.
—¿Dónde solía pasar los veranos en la infancia? ¿Qué recuerda?
—Al sur del Peloponeso, cerca de Esparta; mi familia es de allí. Íbamos a un pueblo llamado Meligalás, que significa miel y leche; no era el paraíso, pero casi. Hacía mucho calor y, como nos obligaban a dormir la siesta, nos escapábamos de casa para jugar a fútbol o montar en bici.
—¿Cuál considera que es la mejor virtud del país de acogida?
—He viajado bastante, y para mí Catalunya no tiene nada que ver con España. Catalunya es un país bastante abierto y cosmopolita, un lugar donde un extranjero puede sentirse bien. El mar los tiene acostumbrados al contacto con el exterior.
—¿Y el peor defecto?
—Suelo meterme con los catalanes porque quieren defender su lengua y su país, se quejan, pero nadie hace nada. No defienden como deberían su nacionalidad. Tendrían que ser un poco más contundentes. Las cosas no cambian así como así; hay cierta falta de amor propio. No puedes pescar sin mojarte.
—¿Recuerda algo que le chocara al principio de vivir aquí?
—Las sardanas. Ver que ponían las pertenencias en el medio del círculo para vigilarlas. Eso es típico catalán: un poco de desconfianza. Un griego las dejaría tiradas por ahí.
—Y de los otros, ¿qué piensa?
—No quiero entrar en tópicos porque hay de todo en todas partes… En Castilla y el País Vasco son más cerrados. En Andalucía, en cambio, me encuentro muy bien porque tienen características muy parecidas a las de mi país: son más alegres, se acercan con más rapidez.