RECUPERACIÓN DEL PASADO DE LA CAPITAL CATALANA

Roma reconquista BCN

La torre 28 de las 76 que tuvo la imponente, por no decir desmesurada, muralla imperial reaparece

Afloran 40 metros de los 1.315 que tuvo un recinto sin igual en el mundo en densidad y solidez

JORDI CATALÀ
BARCELONA
 
Tras 10 siglos de oscuridad los irregulares sillares de arenisca de Montjuïc vuelven a ser acariciados por el sol del Mare Nostrum. Se trata de la torre número 28, una de las 76 que tuvo la imponente, por no decir desmesurada, muralla romana de Barcelona. Muy pronto, cuando finalicen los trabajos de derribo de las fincas 14 y 16 de la calle del Sots-tinent Navarro, los barceloneses podrán disfrutar de 40 metros más de defensa imperial. Después de años de quietud la capital catalana vuelve a despojarse de una piel arquitectónica ya obsoleta para extraer de sus entrañas un tesoro arqueológico que ha dormido siglos en su interior y, aunque sometido a vaivenes constructivos y a reformas irreverentes, ha podido sobrevivir precisamente por mantenerse como relleno de arquitecturas posteriores.
La muralla de Barcino ya fue excepcional en su tiempo por sus características que hacían de esta pequeña ciudad de 10 hectáreas y cinco mil habitantes un bastión inexpugnable. Los 1.315 metros de fortificación de la Colonia Iulia Augusta Paterna Faventia Barcino no pueden compararse ni en densidad ni en solidez a los de ninguna otra muralla romana de las que aún siguen en pie en todo el mundo.
La Barcelona imperial tuvo dos recintos fortificados: el primero, el fundacional, digno de una ciudad laboriosa que vivía plácidamente en la pax romana ; y el segundo, que se tuvo que construir aceleradamente sobre los muros anteriores y con materiales reciclados al desmontar construcciones de los alrededores, incluyendo cementerios, ante la amenaza de posibles ataques.
La ciudad se rodeó de un sólido cinturón con torres que le dieron un aspecto temible e inexpugnable aunque Barcelona no tuvo que resistir ni grandes ni muchos asedios hasta el momento en que estas defensas perdieron su utilidad militar, hacia el siglo XIII, y pasaron a sostener edificios. Y así fue como, a diferencia de la mayor parte de ciudades del bajo imperio que, o derribaron sus murallas ya obsoletas o perdieron las suyas en la guerra, Barcelona, cuando llegó el momento de rodearse de una muralla mayor, moderna y más estratégica, no pudo derribar sus viejos muros porque ya hacía tiempo que formaban parte de las viviendas de muchos ciudadanos.

CONVIVIR CON EL PASADO / Todavía hoy numerosos barceloneses, sabiéndolo o no, conviven con la muralla romana. En Ciutat Vella hay establecimientos e instituciones donde son visibles lienzos de muro a pie de calle, sobre todo en Avinyó y Banys Nous. Una insigne estudiosa de la antigüedad ciudadana, Constanza Corredor, pagó de su bolsillo catas en las cinco plantas de la finca en que vivía para corroborar, con éxito, su teoría de que una torre circular de la puerta del Regomir, se alzaba intacta, desde los cimientos hasta el terrado, embebida en la construcción moderna. Su cornisa semicircular es visible en Google.
Barcelona conservó su muralla imperial como relleno oculto durante centurias hasta que, a mediados de los años 50 del pasado siglo un grupo heroico de historiadores y arqueólogos, nadando contra corriente, consiguió exhumar una parte importante de la muralla que recuperó su altivez y su sólida presencia desde la avenida de la Catedral hasta la calle del Sots-tinent Navarro, donde precisamente ahora se reinicia el proceso.
En los últimos años se han realizado múltiples operaciones de excavación que han permitido una aproximación más exacta a la ciudad romana. Ciutat Vella tiene una epidermis que cuando se rasca devuelve restos antiguos. Cualquier obra deja ver huellas del pasado como domus, fosos, cloacas, barrios enteros, como los que se conservan en el subsuelo del Museu d’Història, calles, termas, enterramientos, silos, vías sepulcrales y, últimamente, riquísimos yacimientos como los del Regomir o la villa de la Sagrera.
Antoni Ciurana, teniente de alcalde de Cultura del ayuntamiento ha afirmado recientemente que existe un plan de recuperación de los restos urbanos de la Barcelona romana y es en esta línea donde cabe situar el rescate de la torre número 28 que se ha completado, en parte, gracias al empuje del nuevo Hotel Mercer instalado en el palacio cuatrocentista de la calle de Lledó que la albergaba en estado de abandono junto con muchos otros vestigios de diferentes épocas.

MANUAL DE HISTORIA / Reinald González, prestigioso experto y que desde hace varios años ha tenido que enfrentarse a triquiñuelas, abandono, ruina, okupas e incluso incendios, para conseguir la correcta exhumación de este rincón romano, afirma sobre la riqueza patrimonial del palacio que «es un auténtico manual de historia de la construcción barcelonesa que comienza en el siglo I antes de Cristo».
El hotel, rediseñado por Rafael Moneo, está a punto de inaugurarse pero todavía hay en el interior de su torre romana un equipo de restauradoras dirigido por Mercè Marqués que la está consolidando para darle su aspecto final. Aquí los hallazgos arqueológicos han sido muchos y muy importantes, el interior de la torre es uno de los mejor conservados en su género, allí han aparecido pinturas al fresco del siglo XIII de tipo arquitectónico y vegetal de singular belleza. En el muro exterior, que da al restaurante del hotel, se puede apreciar el encaste de las dos murallas, la fundacional del siglo I antes de Cristo y la posterior del siglo IV.

TRAMO INTACTO / En la torre se conservan también las ventanas originales y lo que es más insólito, ha aparecido un tramo intacto de la ronda de la muralla anexa y una puerta de ronda intacta, original, la única que se ha encontrado hasta el momento de esta factura en Barcelona. Además, esta ronda no tiene continuidad con la muralla por lo que se puede deducir que la ciudad tenía varios sistemas defensivos distintos. El conjunto se podrá visitar y se dedicará a biblioteca del hotel.
El próximo movimiento del ayuntamiento puede ser liberar la muralla del interior de las construcciones vecinas, especialmente del espléndido palacio de las carmelitas, de manera que en los años venideros el anillo defensivo vaya emergiendo y cerrándose entre el noreste y el sudeste de la Barcelona romana. Se trata de rescatar un patrimonio que ha estado en baipás durante siglos, para poder explicar a los barceloneses del presente cómo eran sus vecinos del pasado.

Puerta de ronda tapiada de la muralla romana descubierta en la torre 29, el principal hallazgo. (ALBERT BERTRAN / JORDI CATALÀ)
 
 
La torre romana emerge en el espacio liberado al demoler los inmuebles anejos.
 
Los derribos de Sots-tinent Navarro, vistos desde una ventana gótica de la torre 28.