FIN DEL CONGRESO DEL PARTIDO COMUNISTA

El nuevo timonel de China

XI JINPING. Hu Jintao fue relevado ayer por Xi Jinping como secretario general del partido y jefe del Ejército. En su estreno se mostró pragmático sobre las necesidades del país

ADRIÁN FONCILLAS
PEKÍN
 
La relajada sonrisa de Xi Jinping jubiló ayer a la rigidez soviética de Hu Jintao. El tiempo medirá el alcance de sus reformas de fondo, pero ya le ha dado un buen empujón a las formas. El nuevo secretario general del partido y jefe del Ejército se estrenó ayer para presentar a los seis camaradas con los que compartirá el Gobierno en el próximo lustro con un discurso que marcó las diferencias con su predecesor.
Xi se mostró confiado, elocuente y ajeno a la granítica seriedad del gremio, sugiriendo que llegan tiempos de menos burocracia. También rompió la tradición al omitir las pesadas referencias al maoísmo, marxismo y leninismo. A cambio ofreció un discurso pragmático y realista sobre las necesidades cotidianas. «Nuestra gente quiere una buena educación, trabajos estables, más ingresos y seguridad social, mejor sanidad y un medioambiente más bonito», dijo. Fue el final de un paciente camino a la cumbre.
Cuando cinco años atrás fue anunciado como el próximo presidente, muchos chinos solo conocían a su esposa, Peng Liyuan, una célebre cantante de ópera. Ha completado su entrenamiento a la sombra con la fórmula conocida del perfil bajo y el disimulo de sus posturas. Aunque está muy próximo al expresidente Jiang Zemin, se le considera en esencia un hombre de consenso.

Formación dual

Xi (Shaanxi, 1953) viene de linaje revolucionario. Su padre, Xi Zhongxun, fue un héroe de la Larga Marcha. Disfrutó en su niñez de colegios exclusivos y coches con chófer cuando más allá de los ladrillos rojos de Zhongnanhai –el complejo de viviendas para los líderes– solo había pobreza. Pero su padre cayó en desgracia de Mao durante la Revolución Cultural y fue encarcelado. Xi, con 15 años, fue enviado a la provincia rural de Shaanxi para aprender las virtudes del campesinado. Pasó seis años cavando acequias de riego y durmiendo en una cueva. Hoy juzga aquellos años como claves en su formación.
Esa dualidad –aristócrata comunista con refinada educación y a la vez trabajador hecho a sí mismo que conoce las miserias rurales– le ha ayudado a aunar voluntades. Estudió ingeniería química y teoría marxista en la elitista Universidad de Tsinghua, trabajó en el Ministerio de Defensa y desdeñó un cómodo y prometedor destino en la capital por un pueblo en la provincia de Hebei. Sus colaboradores hablan de un hombre sensato y decidido, que comía en la cantina y redujo los pantagruélicos banquetes habituales. De ahí pasó a Zhejiang, la rica provincia costera.
Fue destinado en el 2007 a Shanghái y tras seis meses fue devuelto a Pekín para supervisar los JJOO de Pekín. Muchos hablaron de un regalo envenenado de sus rivales. Pero su éxito le catapultó al Comité Permanente, máximo órgano del partido.
Xi ha tenido más contacto con Occidente que sus predecesores. Ya estuvo en un pueblo de Iowa (EEUU) en 1985 para aprender técnicas de cría de cerdos. Le gusta el baloncesto de la NBA, películas bélicas como Salvar al soldado Ryan y su hija estudia en la Universidad de Harvard con un nombre falso. «Xi es mucho más abierto que Hu y está más en contacto con el mundo, aparece más cómodo y tiene más lazos militares», comenta por e-mail David Zweig, sinólogo de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong.
Xi está tan volcado en su trabajo que se perdió el nacimiento de su hija. Los diplomáticos le describen como afable y cariñoso. Hank Paulson, antiguo secretario del Tesoro estadounidense, dijo que era «la clase de tipo que sabe cómo conseguir las cosas en la línea de gol». El sufrimiento durante la revolución cultural le vacunó contra el dogmatismo. Los líderes internacionales le definen como pragmático y han vaticinado que impulsará reformas económicas y políticas.