CRÍTICA

'La Saga Crepúsculo. Amanecer. Parte 2', y al final se enseñan los dientes...

NANDO
SALVÀ
 
La saga Crepúsculo empezó hablando de la fobia al acto sexual, continuó atacando ferozmente el aborto y defendiendo el parto con dolor y ahora, finalmente, pone al borde del precipicio al clan Cullen para alertarnos de los peligros que afronta la institución familiar. Resulta difícil explicar cómo la ideología ultraconservadora de Stephenie Meyer, ama de casa mormona reconvertida en escritora superventas, nos ha proporcionado el fenómeno pop más histérico en lo que va de siglo XXI. Pero al menos en su quinta y última entrega, esta saga finalmente enseña los colmillos.
Eso no significa necesariamente que la película de Bill Condon sea buena. Aqueja un argumento hueco y un ritmo inconsistente, sus efectos especiales son lamentables y sus personajes, cuando no están perdidos en diálogos largos y morosos, se limitan a mirarse fijamente unos a otros, quizá porque tratan de leerse la mente o, simplemente, porque no se les ocurre nada que decirse.
Pero se redime gracias a, por un lado, la transformación de Bella Swan de modelo de conducta retrógrado para las féminas a mujer fuerte que disfruta del sexo y patea traseros –por fin, Kristen Stewart ya no pone cara de tener retortijones perpetuos–, y, por otro, a 20 minutos climáticos de acción épica, violenta y totalmente delirante, que insuflan vida en el último minuto a una saga que, en sus entregas precedentes, se había mantenido fatalmente inerte y emocionalmente insípida y que ahora, por fin, luce orgullosa su absurdez esencial.