IDEAS

Ni una mentira más

ENRIQUE
DE HÉRIZ
 
Una noche de noviembre de 1998, con ese convencimiento casi fanático que te impulsa a convertir un fogonazo, una idea borrosa y fugaz, en una cadena de palabras dotada de un sentido aparente, me senté al ordenador y escribí la frase: «Ni una mentira más». No sabía qué vendría después, pero estaba poseído por la absurda idea de que así empezaría la novela que llevaba meses planificando y que, iluso, me sentía al fin capaz de escribir. A aquella frase le siguieron otras que no recuerdo y que ni siquiera conservo en ningún lado porque la novela, que aún tardó seis años en ver la luz, por supuesto empezaba de otra manera.
El caso es que aquella noche, cuando me venció el sueño o se me acabaron las ideas, debí de cerrar el documento sin darle un nombre al archivo, descuido que el programa subsanaba, en la versión de aquella época, bautizándolo con las primeras palabras del texto. La casualidad quiso que aquel documento, por tener la extensión y la compaginación adecuadas, se convirtiera en una especie de plantilla de cuantos he escrito después. Durante 14 años, cada vez que he creado un documento nuevo lo he hecho renombrando una plantilla anterior que a su vez venía de una previa, que a su vez, en su origen remoto, igual que nosotros venimos de no sé qué célula primigenia, procedía de aquel texto llamado: «Ni una mentira más».
Y resulta que el sistema operativo guardaba y replicaba en todas las sucesivas copias esa frase como nombre del documento. Todos los artículos que he escrito desde entonces, todas las cartas, conferencias, novelas e historias que he escrito desde entonces tienen por título involuntario Ni una mentira más .
En tiempos mejores, ese capricho del azar me habría servido para escribir una columna más o menos literaria sobre la circunstancia de quien escribe ficción bajo la prohibición general de la mentira. Hoy, en cambio, hoy precisamente, pienso en escuelas y hospitales, pienso en ministros, consejeros, presidentes y banqueros a quienes podría haber mandado un documento cuyo nombre hablara por sí solo.