MIRADOR ELECTORAL

La bandera del orgullo

JOAQUIM
COLL
 
En muchos de nosotros se ha instalado la indignación y la rabia, pero también una profunda tristeza. El imprescindible entusiasmo que nos ayuda a imaginar el futuro ha de-saparecido. La impotencia ante tanta desesperación nos desarma. La huelga general fue la expresión de todo esto. Una protesta que estuvo cargada como nunca de razones, en un contexto muy difícil para los sindicatos, los cuales, al margen de sus defectos, son víctimas de un intento de derribo por parte de la derecha política y económica. Por eso resulta obsceno que las elecciones catalanas se estén polarizando entre CiU y PP. Nada nos ha afectado tan negativamente a la inmensa mayoría de los ciudadanos, que no somos otra cosa que trabajadores, que la última reforma laboral. Vale la pena recordar que CiU la apoyó con entusiasmo, sin reparo alguno, antes incluso de que se hicieran públicos sus detalles. El Constitucional ha admitido hace poco el recurso que presentaron PSOE e Izquierda Plural, mientras que el Govern, desoyendo lo dicho por el Consell de Garanties Estatutàries, desestimó hacerlo.
Insisto, pues, en que me parece grotesco que dos fuerzas que comparten el mismo modelo social y económico, que se han apoyado recíprocamente en lo esencial, estén ahora protagonizando una campaña que debería justamente servir para hablar de lo que verdaderamente afecta a la gente. ¿De qué forma se van a recortar otros 3.000 millones de euros en los presupuestos catalanes del 2013? Porque esto es lo primero a lo que el próximo Govern tendrá que enfrentarse. Y hasta ahora la respuesta es el silencio.
La razón esencial por la que Artur Mas ha precipitado las elecciones es para lograr, mediante una espectacular pirueta, «una mayoría extraordinaria» que le permita prescindir de los apoyos del PP, de manera que su discurso soberanista sea inmaculado. Y los populares, claro está, están encantados de que el enfrentamiento electoral no sea ideológico sino identitario. Nada más fácil y provechoso para ellos que levantar la bandera de la unidad de España.
De nuevo, las dificultades son todas para los socialistas, atrapados por algunas contradicciones y por un pasado que no acaba de pasar nunca. Cualquier error les penaliza. Pere Navarro afirma que su propuesta federalista es sensata. En realidad, nadie serio la desautoriza. Pero CiU la despacha con arrogancia y el PP prefiere ignorarla. Frente a la estelada y la rojigualda, los federalistas parten con una gran desventaja: no tienen bandera ni símbolos. Al federalismo le falta épica. Tal vez por eso, pero sobre todo para conjurarse frente al fatal hundimiento que vaticinan las encuestas, los socialistas tienen que exhibir pronto la bandera del orgullo. La bandera de lo que han sido y todavía representan.