EDITORIAL

La reforma política china debe esperar

Hu Jintao abrió el 18º Congreso del Partido Comunista de China con un severísimo llamamiento a combatir la corrupción para evitar el derrumbe del partido e incluso del Estado. Xi Jinping, su sucesor como secretario general y presidente de la Comisión Militar Central que controla el Ejército, lo cerró en la misma onda, comprometiéndose a luchar contra esta lacra y a construir una vida mejor para los 1.300 millones de chinos. No le será nada fácil a Xi cumplir ambos objetivos. La corrupción está extendida por todos los niveles de la Administración, es decir, del propio partido. La década maravillosa de crecimiento que deja Hu, en la que China adelantó a Japón como segunda mayor economía del mundo, da signos de frenazo por la crisis global y por el agotamiento del modelo.
Pero no son estos los únicos desafíos de la nueva dirigencia china. Hay muchos otros, como la degradación medioambiental, la gestión de las tensiones con Japón, la situación en el Tíbet, la política demográfica –con
el envejecimiento de la población– y el protagonismo creciente de un amplio sector ciudadano cada vez más informado que se atreve a plantear reivindicaciones tanto políticas como laborales. Xi es un conservador, no un reformista, y la apertura política y los cambios económicos no están en su agenda pese a que los desafíos citados tienen mejor solución con reformas. Un cambio que sí ha aporta Xi es de estilo, más cercano, sin el hieratismo de sus antecesores.