INTANGIBLES

Afrontar la desigualdad ¿A qué esperamos?

JORDI
ALBERICH
 
Recientemente, leía dos noticias que me llamaron la atención y que, creo, guardan más relación de lo que parece. De una parte, el fallecimiento de Cándido Velázquez , a quien recuerdo especialmente como presidente de Telefónica. Él fue una persona clave en la transformación de un monopolio anquilosado en una compañía moderna y eficiente, sentando las bases de la sorprendente multinacional en que, posteriormente, se convirtió. De otra, el informe del FMI que refleja un aumento significativo de la desigualdad en España en los últimos años, lo que nos aleja de la media europea. De todos los países de la UE, sólo Lituania sufre un mayor aumento de la desigualdad.
La experiencia de personas que asumieron responsabilidades en empresas públicas en la época de Cándido Velázquez , contradice algunas supuestas verdades absolutas de los últimos tiempos. Entre otras, que es imposible gestionar eficientemente una empresa pública, o bien que son indispensables remuneraciones millonarias para disponer del mejor talento gerencial.
Un discurso que, además, se ha resquebrajado ante las dificultades, cuando no quiebra, de empresas y entidades financieras ocasionadas por la irresponsabilidad de gestores extraordinariamente bien pagados, y mejor indemnizados. Y que, encima, adornaron su estropicio con apelaciones a la ética y a la responsabilidad social. El sistema capitalista conlleva, y me parece plenamente legítimo como creo que a la gran mayoría de ciudadanos, que una persona se enriquezca si asume riesgo y genera actividad. Y ello es sostenible si, simultáneamente, ese sistema ofrece la posibilidad de una vida digna a todos los ciudadanos. Una dignidad que se fundamenta en el acceso a unos servicios públicos básicos de calidad. Y donde mejor debe reflejarse ese compromiso con el buen capitalismo es en el modelo fiscal, que debe fomentar y reconocer la asunción de riesgo, a la vez que favorecer la equidad.
Pero este complejo andamiaje cimentado en la década de los 80 va deteriorándose. Y es una enorme pena porque en ese periodo no solo se redujo la desigualdad, sino que también se modernizó el conjunto del país, se consolidó el Estado del bienestar, y se conformó un tejido empresarial competitivo y global, precisamente el que hoy permite mantenernos a flote gracias a la exportación. Sin caer en el consuelo fácil e inane de la melancolía, en aquellos años de talento y de ética ni tan siquiera se hablaba: el talento se demostraba y la ética se practicaba, y bastante más que en estos tiempos.Hemos tenido que esperar a los suicidios para empezar a reconducir el drama del desahucio. No sé a que tendremos que esperar para empezar a afrontar la creciente desigualdad. Es la mayor de nuestras amenazas.

ECONOMISTA