DEFENSORA DE LA IGUALDAD
‘Is Catalonia different?’

EVA
PERUGA
Cuando se trata de un «sector estratégico», como define al cultural el informe del 2011 del Consell Nacional de la Cultura i de les Arts (Conca), habrá que estar al quite. Tal vez por eso sorprende que ese escáner de la situación de ese conocimiento en Catalunya no haya detectado la flagrante situación de desigualdad entre los hombres y las mujeres de las artes, a pesar de ser un hecho que no se puede disfrazar. Para negar la mayor, es decir, que las mujeres de este «sector estratégico» no figuran porque renuncian a ello, habría que documentarlo con cifras. Pero no las hay. Y ese es el interés prioritario que el Grupo de Cultura de Feministas de Catalunya le puso por escrito al conseller de Cultura, Ferran Mascarell, esta semana.
Entre la pila de informes solicitados por las administraciones, en Catalunya no hay ninguno que nos pueda decir que Catalonia is different. Al contrario, un ojeador novato detectaría al instante que el reparto de este saber está tan descompensado como en el conjunto de España. Por eso, centenares de mujeres vinculadas a las cultura –poetas, escritoras, directoras de cine, actrices, cantantes líricas– le han dicho al conseller que existen y que el relato del mundo cultural que se imprime oficialmente como legado para nuestros hijos es una estafa. En su informe, el Conca señala la necesidad de «replantear el modelo de gestión». Aunque el organismo no lo tuviera en mente, esa recapitulación pasa por una gestión y expresión igualitaria de la cultura. Ya puestos, podríamos preguntarnos por qué a la cultura le cuesta tanto ocupar el espacio central de la política y no me refiero a su politización, que es otra cosa. En su contenido, la cultura define a un país, en su articulación, la manera y el objetivo, la gestión pública. Tras los grandilocuentes espejismos, a los que también ha sucumbido este sector, Catalunya debería apostar por el cambio estructural para ser ejemplo. Afrontar un desafío intelectual que responda a una idea. Un esfuerzo exigido por este mundo que sabemos nuevo por una cosa: repetir las diferencias del pasado no computará solo como una reiteración de errores.
Para Catalunya, sería una forma de marcar la diferencia. Un país pequeño arriesga con su capital humano. ¿Para qué son los cargos públicos si no para mejorar los modelos? En estos días en los que los términos independencia y pacto fiscal están en boca de muchas personas públicas, ¿nadie quiere explicarnos cómo van a ocupar el dinero que se reclama? ¿Pueden los defensores de un Estado propio garantizar que ese dinero no servirá para reproducir las desigualdades entre hombres y mujeres? Y, ahora mismo, ¿cómo podemos exportar una cultura a la que llamamos catalana si esta solo traslada un balance parcial? Escribir, bailar, cantar o filmar pueden constituir el motor de una sociedad paralizada y aterrorizada, máxime ahora cuando el humanismo regresa a nuestras vidas.
LA CARTA A Mascarell es, pues, la constatación de un hecho que perjudica a todo el mundo. La cultura, entienden estas mujeres, no debe ser un recuento de subvenciones o de recortes, premios o castigos, sino la expresión de un proyecto de toda la sociedad. No debe ser más el último eslabón de las administraciones, que han expresado su displicencia a través precisamente de la gestión. En Madrid, la última ministra socialista del ramo, Ángeles González Sinde, se plegó a la petición de varios grupos de mujeres y elaboró un informe que asumía el incumplimiento de la ley de igualdad en el sector. Las mujeres catalanas no se conforman con menos. A personas firmantes de la carta los pocos datos conocidos de Catalunya les dan vergüenza. Si la cultura no es vanguardia, ¿qué es?