ANÁLISIS

Madonna, enamorada de su propio recuerdo

JORDI
BIANCIOTTO
 
Cerremos los ojos e intentemos seleccionar un momento poderoso, que innove, deslumbre o emocione, y que pueda ser recordado dentro de unos años, entre los que, el miércoles y anoche pudimos vivir en los shows de Madonna en el Palau Sant Jordi. ¿Con cuál nos quedamos? ¿Con la catedral gótica, la capilla y los monjes danzantes? ¿La escena serial killer con la sangre brotando de la pantalla de vídeo? ¿El escuadrón de cheerleaders y tamborileros voladores? ¿La pasarela con modelos de Jean Paul Gaultier ? ¿El estriptís y el tanga? ¿La misa gospel?
Madonna fue pionera, en los 80 y sobre todo con el Blond ambition tour , de 1990, del teatro pop a gran escala, con escenografías cambiantes y en estadios, campo en el que tomó nota de aventuras previas como la de David Bowie en su gira Diamond dogs (1974). Pero, acuñada la fórmula, sus espectáculos ahora ya no descubren nuevos territorios: buscan noquear al espectador, mantenerlo entretenido y alimentarlo con generosas dosis de iconografía pop autorreferencial. El show del MDNA tour ofrece tantas escenas, cambios de vestuario y movimientos de bailarines que, al final, no te acuerdas de ninguna.
No siempre fue así: el espectáculo del Drowned world tour (2001), que en su día pasó también dos noches por el Sant Jordi, ofrecía, en su tramo central, un bloque de canciones con estética japonesa de suma delicadeza y elegancia, con un Frozen para la historia. Era una Madonna moderadamente vanguardista que transmitía emociones inéditas. Créanlo: en aquel show no había monjes, ni confesionarios, ni cruces, ¡ni siquiera lencería! Imperdonable, ¿verdad? E inimaginable en la actualidad. Ahora se trata de volver al punto de partida, a los trazos de identidad más publicitados, para recrearlos en un bucle infinito. Cada figura pop es recordada por una idea-fuerza sencilla e impactante, y a Madonna le corresponde el rol de provocadora eterna, la oveja descarriada que flirteaba con Jesucristo en el vídeoclip de Like a prayer . No hay espacio para mucho más. Cualquier desvío de ese carril central es arriesgado.

Fascinación por el pasado

En el Sant Jordi vimos a una Madonna que volvía una y otra vez a las imágenes que hicieron de ella un icono pop: la fijación por la religión en paralelo al exhibicionismo sexual. Un menú que ya no escandaliza ni a un catequista, y menos en un país como el nuestro, con muchos traumas históricos superados y donde el catolicismo ya no es visto, por el público joven del siglo XXI, como sinónimo de opresión. En el fondo, las escenas de crucifijos y pecados eran un reflejo de un simulacro de escándalo.
Esos recursos eran espectros de la historia; cápsulas de memoria colectiva transportadas al presente y cubiertas de un aura mítica. Nada que choque con la tendencia actual a alimentarnos del pasado, tan bien explorada por el crítico británico Simon Reynolds en su libro, recién traducido al castellano, Retromanía. La adicción del pop a su propio pasado (Ed. Caja Negra). Reediciones de discos históricos, conciertos temáticos de contenido vintage , barra libre de reuniones de grupos... Y shows de cantantes antiguamente innovadoras que exhiben un súbito y paralizante enamoramiento de su imagen fija. Con consecuencias que ya rozan lo chirriante: ¿es necesario que Madonna, con casi 54 años, se ponga una falda plisada y haga de majorette ?
La neoyorquina tenía en esta gira una oportunidad de demostrar que caminaba por delante de Lady Gaga o Rihanna. Pero, aunque en el Sant Jordi hubo momentos ocurrentes (muy jocosa, la fusión de su Express yourself con el sucedáneo de Born this way ) y el escenario era sofisticadísimo, poco hubo que se situara por encima, en inventiva y sensibilidad, de otros shows coreográficos vistos en Barcelona en los últimos años. Madonna será la reina, pero incluso Kylie Minogue, la princesa, sin tanto ajetreo escénico, estuvo más seductora en su visita del año pasado.
Y otro detalle: aunque un concierto de Madonna no es solo eso, sino un espectáculo, la música es el sustento. Pero su nuevo disco, MDNA, que aportó ocho de las 20 canciones de la noche, es uno de lo más frágiles de su carrera, por no decir el que más. Y ni un batallón de bailarines volantes, ni la pantalla de vídeo con más miles de leds del mundo salvará una canción que no deja poso.
 

Madonna, durante la actuación del miércoles en el Palau Sant Jordi. (JORDI COTRINA)