EL DEBATE CATALÁN

 

La independencia, de lejos

El soberanismo es un impulso para gestionar mejor lo propio, lo que constituye la base de la democracia

JUAN
VILLORO
 
Hace unos años, una reportera de la COPE me buscó afanosamente durante un congreso en la Casa de América de Madrid. A la gente de prensa le sorprendió ese repentino interés de la cadena episcopal por un escribidor de ultramar.
Cuando finalmente conversé con la chica, me dijo que había leído mis crónicas sobre el FC Barcelona. Deseaba conocer la opinión de un mexicano sobre las «aberrantes» declaraciones que Joan Laporta, entonces presidente del club, había hecho a favor de la independencia catalana. Me irritó el tono de provocación y contesté: «Soy mexicano y nuestra identidad se define por habernos independizado de España. Cualquier país que haga lo mismo, merece mi admiración». Ella argumentó que la UEFA no permitiría que el Barça jugara en la Liga de otro país. No quise invocar el ejemplo del Mónaco en Francia. Había entrado en contacto con la caverna mediática madrileña y respondí en tono militante: «La felicidad de un país vale más que una Liga».

Menciono esto porque, como tantos catalanófilos, admiro más la independencia cuando no se puede conseguir. Cuando alguien agrede a Catalunya, recuerdo lo que me dijo el escritor norteamericano Allen Kurzweil : «Solo me siento judío cuando enfrento el antisemitismo».
Unos años después de esa entrevista, la independencia de Catalunya parece más cercana. El fracaso del Estatut y la crisis de los últimos años trajeron un desencanto que reavivó el sueño de fundar otro país.
El caso catalán no es único. La globalización del dinero y la comunicación ha provocado el resurgimiento de las identidades locales. El sentido de pertenencia se difumina en un mundo donde un cajero automático pide que te identifiques con un pin que debe ser de Nueva York o Taiwán. Ante la condición cada vez más virtual de la sociedad, tenemos urgencia de comunidad.
El soberanismo catalán ha ganado indudable terreno. No se trata de un impulso para repudiar a otras naciones sino para gestionar del mejor modo la propia. Toda democracia se basa en ese gesto. En ese sentido, el referendo sobre la independencia aparece como un instrumento imprescindible para entender el estado de la cuestión. Temerle equivaldría a temerle a la voluntad popular.
Lo que inquieta a numerosos observadores extranjeros es que la mezcla de ilusión por una patria nueva, decepción ante la imposibilidad de tener una España federal de unidad en las diferencias y el hartazgo ante la crisis, puede distorsionar el auténtico significado (esa forma elegante de decir «el coste») de poner casa aparte. A esto ha contribuido en forma oportunista Artur Mas. «Ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de conversación», propuso James Joyce . El caso de Mas es el opuesto: como no puede mejorar su discurso, prefiere cambiar de país. Por un lado, solicita el rescate a España y por otro anuncia que podría abandonar la patria que lo rescata.
«Hay que luchar por la independencia de Catalunya, a condición de no conseguirla», me dijo un amigo catalán para explicarme la peculiar relación con Madrid, ese enredo que parecía inquebrantable, o por lo menos tradicional, hasta que el Camp Nou comenzó a clamar por otro país.
Felipe González alertó sobre el hecho de que la opinión pública no siempre coincide con la opinión publicada. Un rasgo peculiar de la discusión es que quienes desean seguir dentro de España no lo expresan con el mismo énfasis ni la misma apertura que quienes desean abandonarla. José Manuel Lara, propietario del grupo Planeta, ya dijo que su empresa se iría en caso de que se diera la independencia. Se trata de una excepción. La batalla ideológica (la opinión publicada) favorece al soberanismo. ¿Es distinta la opinión pública? No lo sabemos, lo cual no deja de ser curioso.
El referendo también es necesario para conocer las voluntades que no hacen proselitismo.

Es obvio que instalar una frontera en el Ebro no garantizará que el fuet sea más sabroso ni los rovellons más abundantes. También es obvio que la crisis se debe parcialmente a problemas de gestión interna. Baste pensar en el caso Palau, que ensució –¡sin perjudicarlos!– a todos los sectores de la política catalana.
Desde México cuesta trabajo explicar que una Catalunya independiente es viable. Con frecuencia encuentro en mi país los mismos argumentos que le escuché a la reportera de la COPE, con la diferencia de que ante mis paisanos no puedo elogiar una independencia que conocen tan bien como yo. «¡Qué error cometimos!», suele ser su irónica respuesta: «Queremos la crisis española».
No hay mundos perfectos. «Ni contigo ni sin ti», suele ser el lema de algunos matrimonios duraderos. El referendo es tan necesario que, sea cual sea el resultado, su principal mérito es que habrá sucedido.
 
Escritor.