ANÁLISIS
El ‘nyet’ y el ‘no’ paralizan la diplomacia
ROSA
MASSAGUÉ
El conflicto sirio ha entrado en una nueva fase. Los enfrentamientos en el centro de la capital no son necesariamente el inicio de la batalla de Damasco, pero sí marcan un punto de inflexión.
A finales de la semana pasada empezó a correr el runrún de que Bashar el Asad trasladaba sus armas químicas a un lugar más seguro. La sola mención de este arsenal trae a la memoria el momento en que EEUU (con el apoyo de Blair y de Aznar ) se enrocó en las inexistentes armas de destrucción masiva del iraquí Sadam Husein, dando cobertura supuestamente legal a la invasión del país mesopotámico.
No estamos en un momento parecido, entre otras cosas, porque nadie está dispuesto a intervenir en Siria pese a la masacre diaria. Lo que ha cambiado es la intensidad del enfrentamiento armado, así como la apremiante necesidad de tener una respuesta pactada este viernes, cuando la ONU deba renovar el mandato a los observadores desplegados con más pena que gloria en Siria.
También estamos en una nueva fase porque cada día son más evidentes las razones de las grandes potencias para obstaculizar los esfuerzos que permitan alcanzar un acuerdo, aunque fuera de mínimos, hacia una transición.
Desde el inicio Rusia ha sido el mayor obstáculo. Su nyet tiene razones comerciales (la venta de armas), de seguridad (su base naval en el puerto de Tartus), y de prestigio (Moscú demuestra que es capaz de tener agenda propia).
Sin embargo, con el paso del tiempo EEUU se ve que también es un obstáculo. Siria tiene en Irán un gran aliado. Las raíces del entendimiento son básicamente religiosas (la secta alauí que detenta el poder es un derivación del chiísmo) e ideológicas (ambos verían de buen grado la desaparición de Israel y para ello han dado cobertura y financiado al movimiento Hizbulá).
Cuando a Kofi Annan se le ocurrió decir, atinadamente, que Irán debe participar en la solución, EEUU dijo su nyet .
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