EUSKADI, LA PAZ DUELE
Reconciliarse
POR MAYKA NAVARRO
ETA no se ha disuelto ni ha entregado las armas, pero el 20 de octubre hizo público que ya no volvería a matar. Por lo tanto, ahora corresponde gestionar el final del terrorismo y empezar un complicado proceso de reconciliación. A lo largo del último año, 11 víctimas se han reunido con otros tantos disidentes de ETA que han asumido sus errores, han reconocido que matar no sirvió de nada y han pedido perdón. Tres de esas víctimas y un preso lo han explicado al Cuaderno del Domingo.

Tiene tantas cosas en la cabeza que a Carmen se le ha olvidado llamar al mediador que gestionó su encuentro con Iñaki. Y quiere hacerlo porque Mónica, la mujer de Iñaki, debe de estar a punto de parir su segundo hijo, y le gustaría saber qué tal va el embarazo. Le apetece comprar algo para el bebé, y no le importaría dárselo a los padres en mano.

Carmen Hernández vive y disfruta de sus hijas y sus nietos en Durango. La misma localidad vizcaína en la que, en junio del 2000, un etarra le arrebató de un tiro en la nuca a su marido, el concejal del Partido Popular Jesús Mari Pedrosa.

Iñaki Rekarte Ibarra regenta junto a su mujer, una trabajadora social a la que conoció en la cárcel, un bar en un pueblo de Navarra y cada noche regresa a la prisión de Martutene (Guipúzcoa), donde duerme y cumple en régimen abierto una condena de 203 años por el asesinato de tres personas en un atentado con coche bomba en Santander en 1992.

Un «hola» muy bajito
Carmen Hernández e Iñaki Rekarte protagonizaron hace un año uno de los 11 encuentros entre víctimas y presos disidentes de la banda terrorista organizados por la Oficina de Víctimas del Gobierno vasco y el Ministerio del Interior. Iñaki narró su encuentro en el documental El perdó emitido en marzo por TV-3. Carmen lo hizo el lunes al Cuaderno del Domingo, tras su sobrecogedora intervención en el arranque del congreso sobre memoria y convivencia celebrado esta semana en Bilbao.

El mediador los presentó, se cruzaron un «hola» muy bajito y se dieron la mano. Se sentaron. «Me sorprendió lo joven que era. Pensé que podía ser mi hijo. Al principio no me miraba a la cara. No podía. Creo que estaba más nervioso que yo» .
ETA expulsó a Rekarte en enero del 2010 y, junto a Andoni Muñoz de Vivar, fueron los dos primeros disidentes de la cárcel de Nanclares de Oca (Álava) que accedieron a un programa penitenciario personalizado que, desde entonces, les permite salir del centro a trabajar o estudiar.

Ningún familiar de Eutimio Gómez Gómez, Julia Ríos y Antonio Ricondo, las tres víctimas del coche bomba que hizo estallar Rekarte en 1992 en Santander, quiso participar en un encuentro con el terrorista arrepentido. Carmen, sí. La mujer accedió ante la imposibilidad de reunirse con el asesino de su marido que, según datos no oficiales, murió al manipular una bomba.
«Me dijo que no podía dormir por las noches. Le creí. La verdad es que fue muy valiente al plantarse delante y pedirme perdón» . Carmen le contó a Rekalde su vida, desmenuzó, minuto a minuto, las secuencias de dolor que inundaron su existencia tras el atentado, revivió el vacío y la apatía, y le aseguró que quizá gracias a su fe fue incapaz de odiar.

Rekarte escuchó y contó también su historia. Y respondió a todas las preguntas que Carmen llevaba en su cabeza y que la habían acompañado desde el 4 de junio del 2000. ¿Por qué? Carmen quería saber por qué. «Me dijo que hubo un momento en el que ETA fue su único horizonte, y nosotros, sus enemigos» . Tenía más preguntas: «¿Lo celebraste? ¿Pudiste dormir esa noche? Y al día siguiente, ¿cómo te levantaste?»

Ha pasado un año de aquel encuentro, y Carmen sigue convencida de que valió la pena y de que volvería a hacerlo. «Le transmití la paz que necesitaba para seguir adelante» . Y recuerda, sonriendo, que Rekarte le agradeció que ella no llorara, que se mantuviera entera durante el encuentro. «Hubo un momento en el que estábamos tan bien que fue el mediador quien nos dijo que teníamos que ir acabando. Yo me hubiera quedado toda la noche» .

Carmen cree profundamente en el arrepentimiento de Rekarte. «Tiene pocos amigos y también me dijo que espera poder contar lo que hizo a sus hijos. Le animé a que lo haga» .
A Rekarte le costó, pero finalmente dio el paso, dio la cara, participando en el documental de TV-3 en el que también aparecía su mujer, Mónica García de Paredes. El etarra arrepentido tenía mucho miedo a la reacción de la gente. Pero hasta hoy, según personas de su entorno, no solo no ha tenido ningún problema, sino que le han felicitado por contarlo.
Hasta hoy, Iñaki Rekarte ha sido el único preso de ETA que ha dado la cara y ha narrado su encuentro. Del grupo de víctimas, solo tres se han atrevido a contarlo. Y aunque los promotores de la iniciativa les animan a todos para que lo expliquen porque así colaboran en la construcción del relato de lo que ha sucedido en Euskadi en estos últimos 50 años, en ocasiones puede demasiado el pudor y el dolor.

Iñaki García Arrizabalaga participó en otro de los encuentros con un preso arrepentido, que prefiere que no se divulgue su identidad. Antes de sentarse frente a un hombre que mató en nombre de ETA, el hijo de Juan Manuel García Cordero, asesinado en 1980, tuvo que transitar por un doloroso camino de odio que le estaba destruyendo.

Al principio no tenía muy claro si sería bueno el encuentro. Las dudas le ametrallaban el cerebro y la conciencia. ¿Qué iban a pensar sus hermanos, su madre, sus hijas, las otras víctimas? ¿Qué hubiera dicho su padre? Al final, aceptó. Y no solo no se arrepiente, sino que forma parte del grupo de víctimas que colabora más activamente con el Gobierno vasco para reactivar esos encuentros y para construir un relato completo de la memoria.

Es curioso, pero Iñaki hizo al hombre que tenía delante muchas de las preguntas que Carmen Hernández hizo a Rekarte. Los dos llegaron a su encuentro con las mismas dudas, los mismos interrogantes martilleando la conciencia durante años. «¿Por qué entraste en ETA? ¿Dormiste el día del atentado? ¿Puedes comer? ¿Y después? ¿Conocías la vida de la gente a la que ibas a matar? ¿Les mirabas a los ojos?».

El preso que Iñaki tenía delante intentó justificar su ingreso en ETA por el entorno, los amigos, las circunstancias del momento... «Le dije que se dejara de monsergas. Que dejara de esconderse tras el colectivo y que asumiera su responsabilidad individual».

Iñaki García Arrizabalaga es de los que creen de verdad que las personas merecen una segunda oportunidad. Por eso acudió al encuentro y por eso ha vuelto a hablar con el preso por teléfono, e incluso se han visto después, fuera del programa oficial de entrevistas. Conocer a ese hombre que asumió que matar no sirvió de nada le fue bien. Ha descubierto que algunos terroristas también son personas. Y agradeció encontrar a un ser profunda y sinceramente arrepentido, que reconocía sus errores y el dolor provocado.

Como condición imprescindible para el encuentro, este profesor de Márketing de la Universidad de Deusto puso que bajo ningún concepto la cita sirviera para que el preso pudiera obtener ningún tipo de beneficio en su situación penitenciaria. Las condiciones que exigió García Arrizabalaga las defiende con contundencia la Oficina de Víctimas del Gobierno vasco. Para ellos esta es la única manera de garantizar la sinceridad en la voluntad que demuestra el disidente de ETA de entrevistarse con una víctima.
Alimentar el morbo
De la veintena de presos que se han acogido a la vía Nanclares cumpliendo los requisitos imprescindibles –pedir perdón, rechazar la violencia y comenzar a hacer frente a las indemnizaciones–, no todos son partidarios de participar en encuentros con víctimas. Algunos reclusos comprometidos con el final de ETA creen que las entrevistas no aportan nada a la construcción del nuevo escenario de Euskadi sin violencia, y que solo alimentan el morbo.
Pero de lo que nadie duda es de que el gesto de esos primeros 11 disidentes de ETA que aceptaron pedir perdón, cara a cara, pese al temor, como dijo alguno, de que le soltaran una hostia durante el encuentro, va más allá de cualquier estrategia política, porque no busca el olvido y pasar página, sino construir convivencia a partir de reconocer la verdad.

Y ante el valor que han tenido estos encuentros, hay preocupación en el Gobierno vasco por ver cuáles van a ser los planes de la dirección general de Instituciones Penitenciarias. Cuando aterrizó en el cargo, el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, quiso que le explicaran en qué consistían esas entrevistas para decidir qué hacía con ellas. Su primera intención es mantenerlas, pero aún no ha definido cómo hacerlas.

Hace muy pocos días, el ministerio presentó un nuevo programa para acercar a cárceles del País Vasco a los etarras que rompan con la organización, ese es el único requisito. Ese mismo programa se quiere aprovechar para reactivar los encuentros pero dando prioridad a los que tengan lugar entre el preso con su víctima directa. También se está estudiando que las entrevistas solo se puedan producir a petición de las víctimas, y no se descarta que el encuentro pueda generar algún tipo de beneficio para el disidente de ETA.

Para la Oficina de Víctimas del Gobierno vasco, todos estos planes serían un «terrible error» que echaría al traste la filosofía de un programa que, por encima de todo, busca escribir el relato de todo lo acontecido con la verdad por delante, sin nada a cambio. Pero también porque desde el momento en que solo sea la víctima la que pueda solicitar el encuentro, la experiencia quedará reducida, porque todavía son muchos los que sufrieron en sus entrañas la sinrazón de ETA y no quieren saber nada de sus verdugos.
Un relato completo
Las otras víctimas, las que sí aceptaron el encuentro, advierten de que hay que defender un relato completo, que las incluya a todas, no solo a las de ETA, también las del GAL, las del Batallón Vasco Español y las que sufrieron abusos de las fuerzas de seguridad. Una memoria que para estas víctimas es «incompatible con el odio», asegura Iñaki García Arrizabalaga. Pero no odiar no significa olvidar. Tanto él como Carmen Hernández denuncian la «insensibilidad, la invisibilidad y la desconsideración a veces humillante» con la que a menudo se les ha tratado.

Josu Elespe es la tercera víctima de ETA que hasta ahora ha contado su encuentro con un disidente. El 19 de noviembre del 2011 no se encontró con el pistolero que en marzo del 2001 mató de dos tiros a su padre y que está detenido en Francia a la espera de ser extraditado, sino que se reunió con un histórico de la banda con delitos de sangre que quería decirle a la cara que reconocía todo el daño causado, y que nada de lo que hizo está justificado. «Fue una conversación de horas en la que aprecié a un hombre enormemente arrepentido de lo que había sido su vida y sus acciones en ETA». Josu Elespe, hijo de Froilán, el primer edil socialista asesinado por ETA, salió de la cita «reconfortado» y creyendo firmemente en la sinceridad del hombre que tuvo delante en una sala pequeña de la cárcel de Nanclares de Oca.
Sin prisas y con la verdad
«Me sirve infinitamente más el perdón o las disculpas sinceras y a la cara de una persona que un reconocimiento del daño genérico en forma de firma, que es lo que ocurrirá en un futuro no muy lejano». Josu Elespe, como otras víctimas, teme que se produzcan arrepentimientos forzados por los nuevos tiempos. Por eso considera que, para que todo el proceso sea sincero, es básico que se haga una buena gestión del final de ETA. «Sin prisas, pero con verdades».

El modelo de esa gestión es lo que está en juego. Es verdad que de los 500 presos de ETA en España solo una veintena se han acogido a la via Nanclares. Pero también es cierto que desde el 20 de octubre, cuando ETA anunció el abandono definitivo de la violencia, el colectivo de presos se ha enrocado esperando una salida conjunta que, según ha advertido el Gobierno, no se va a producir.

¿Cómo romper entonces ese inmovilismo de los presos? El adjunto de la Oficina de Víctimas del Gobierno vasco, Txema Urkijo, lo tiene clarísimo: «Forzando el diálogo». Es decir, acercando a Nanclares de Oca a un buen grupo de etarras, aunque no hayan roto con la banda. Presos que los trabajadores y funcionarios de prisiones ya sepan que han expresado alguna disconformidad ante la disciplina de ETA. «Tráelos a cárceles del País Vasco y fuérzalos a un cara a cara con gente como Carmen Guisasola, Caride Simón o el propio Iñaki Rekarte. No todos, pero muchos acabarán rompiendo con ETA por convicción».

En estos momentos, solo el Gobierno y algunos partidos y asociaciones de víctimas se resisten a una nueva gestión penitenciaria que acerque a los presos a cárceles del País Vasco, tras casi tres años sin atentados.
Voces discrepantes
Y en el entorno de las víctimas se empiezan a escuchar cada vez más voces discrepantes con las asociaciones oficiales que se oponen a cualquier movimiento de presos ni beneficios. Los testimonios de Carmen, Iñaki y Josu son una muestra de esa diversidad. Los tres han escuchado y aceptado las peticiones de perdón.Los tres son partidarios de la reinserción. Los tres han dejado de odiar, pero ninguno olvida.

Iñaki García Arrizabalaga lo cuenta muy bien cuando reivindica cómo tiene que ser el relato. Le preocupa, dice, qué leerán sus hijas pequeñas en los libros de historia, cuando cursen los últimos años de la ESO. «¿Les contarán que en Euskadi hubo una guerra simétrica y que todos sufrimos al 50%, o conocerán lo que realmente ha sucedido? ¿Leerán que la reacción general de las víctimas fue ejemplar, educando a nuestros hijos en valores de respeto? ¿Les dirán que el Estado de derecho decidió en ocasiones traspasar los límites democráticos y ponerse a la altura de quienes combatía? ¿Leerán que la mayoría de los vascos vivían muy bien y que miraban para otro lado ante el sufrimiento de quienes tenían al lado? ¿Les contarán que con la excusa del terrorismo hubo cierta condescendencia con la tortura? ¿Les dirán lo que fue capaz de hacer el odio?».

En definitiva, mientras unos desean pasar página con rapidez y ser pragmáticos, otros reivindican para la nueva Euskadi sin ETA una reconciliación y convivencia cimentadas en una ética y en unos valores que permitan asumir errores, responsabilidades y que se pueda pedir perdón. 
 
 
 
 
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